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quinta-feira, 30 de junho de 2016

María, la Madre de Jesús

ROSARIO MEDITADO: Lá Virgen María en el Proyecto de Dios
Con reflexiones de Frei Carlos  Mesters, O. Carm


MISTERIOS GOZOSOS

PRIMER MISTERIO:
LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS.

Como en la vida de las grandes figuras del Antiguo Testamento, Dios se hizo presente en la vida de María. El ángel Gabriel vino y le dijo: “¡Ave María, llena de gracia! ¡El Señor está contigo!”. Traduciendo mejor estas palabras para la gente, pueden decir: “¡Alégrate, María, favorecida por la gracia! ¡El Señor está contigo!” (Lc 1,28).
María quedó muy impresionada con este saludo del ángel y no sabía bien lo que significaban aquellas palabras (Lc 1,29). Y no era para menos.
En la Biblia, la palabra gracia indica el amor y el cariño con que Dios ama a su pueblo, la fidelidad con que él lo sustenta y el compromiso que él asumió consigo mismo de estar siempre con ese pueblo para liberarlo.
No debemos pensar que el amor, la fidelidad y el compromiso de Dios es una especie de recompensa por el buen comportamiento del pueblo. ¡No! ¡No es merecimiento del pueblo! En ese caso ya no sería gracia. Dios ama porque quiere amar y hacer bien al pueblo. Dios hace esto, para que el pueblo “humilde y pobre” se acuerde y descubra su valor de personas. Dios ama, para que también el pueblo comience a amar con un amor verdadero, y comience a liberarse de todo cuanto impide la manifestación de este amor.
En el Antiguo Testamento, el pueblo siempre fue objeto de este amor fiel de Dios. María lo sabía muy bien, pues conocía la historia de su pueblo. Y ahora, conforme a las palabras del ángel, toda esta carga de amor fiel de Dios para con su pueblo y todo este compromiso de libertar a los oprimidos estaban siendo concentrados en su persona. Ella, María, era “favorecida por la gracia”. Era objeto de aquella gracia con que Dios quería beneficiar a su pueblo.


SEGUNDO MISTERIO:
LA VISITA DE NUESTRA SEÑORA
A SANTA ISABEL.

La amplia acogida de la Palabra de Dios en la vida de María no hizo de ella una persona etérea, desligada de las cosas de la vida y del pueblo. Al contrario, hizo de ella una persona muy atenta y preocupada por los problemas de los otros. Por ejemplo, cuando María aceptó la Palabra de Dios, transmitida por el ángel, su primer pensamiento no fue para sí misma, sino para su prima Isabel. El ángel le había informado que Isabel, señora ya de cierta edad, estaba embarazada por primera vez (Lc 1, 36).
Isabel necesitaba ayuda. María no lo dudó y se marchó para Judea, a más de 120 kilómetros de Nazaret. Hizo el viaje solamente para poder ayudar a su prima en los tres últimos meses de embarazo (cfr Lc 1, 39-56). Y en aquel tiempo no había tren ni autobús.
En vez de permanecer ella pensando sólo en sí misma y en su salvación, la Palabra de Dios hizo que María saliese de sí misma y se olvidase de sus problemas para pensar en los problemas de los otros y ayudarles.

TERCER MISTERIO:
EL NACIMIENTO DEL NIÑO JESÚS.

Nueve meses después de la visita del ángel, Jesús nació en el portal de Belén. Para recordar este acontecimiento, hacemos hoy fiestas y arreglamos lindos belenes. Esto es bueno. Pero no conviene olvidar que el portal de Belén no fue tan lindo. Era pobre, duro y escandaloso.
La orden del emperador, venida desde Roma, era clara. Todos tenían que inscribirse en el censo de la ciudad donde habían nacido (Lc 2,1-3). Era el modo de hacer un censo del pueblo en aquel tiempo. Por eso, José se puso en viaje hacia Belén, su tierra, junto con María, su esposa, que estaba embarazada (Lc 2,4). Viaje con más de 130 kilómetros por caminos difíciles.
Cuando llegaron a Belén, no encontraron alojamiento en la posada (Lc 2,7). O todo estaba ya ocupado o los dueños no querían dar posada a gente pobre. Se fueron a una cueva que servía para recoger a los animales. Y allí María dio a luz.
Cuando hoy una joven esposa tiene su primer hijo, su madre está junto a ella para ayudarle. En Belén no había nadie. La familia de María estaba lejos, allá en Nazaret. El niño nació, fue envuelto en unos pañales y dejado en un pesebre sobre la paja (Lc 2,7). Unos pastores vinieron a hacerle una visita (Lc 2, 8-12). No apareció ninguna persona importante en la cueva. Sólo gente pobre. Todo pobre.

CUARTO MISTERIO:
LA PRESENTACIÓN DEL NIÑO JESÚS
EN EL TEMPLO.

Nadie debe pensar que todo fue fácil para la Virgen María. En su firme voluntad de oír y practicar la Palabra de Dios ella encontraba no sólo su felicidad y su paz, sino también la fuente de su sufrimiento. Muchas de las cosas que Dios exigía de ella, no las llegaba a entender plenamente. Procuraba entenderlo, pero no siempre lo conseguía. Así, ante la Palabra de Dios algunas veces se quedaba con miedo. El ángel tuvo que decirle: “No tengas miedo, María!” (Lc 1, 30). Otras veces ella se quedaba admirada, por ejemplo cuando el anciano Simeón dijo que Jesús era la luz de las naciones (Lc 2, 32-33). Ella tenía que haberse quedado muy preocupada, cuando el mismo Simeón le dijo: “Una espada de dolor atravesará tu corazón!” (Lc 2,35). Se quedó sin entender también la invitación del ángel para ser la madre de Jesús (Lc 1, 34).
La Biblia dice que María lo escuchaba todo y lo guardaba en su corazón. Se quedaba recordando, rumiando y meditando las cosas grandes y pequeñas de la Biblia y de la vida (cfr Lc 2, 19. 51). No lo sabía todo. No lo entendía. Había mucha obscuridad. ¡La luz se fue haciendo en el camino!


QUINTO MISTERIO:
EL NIÑO JESÚS PERDIDO
Y HALLADO EN EL TEMPLO.

Para María, Dios hablaba no sólo por la Biblia, sino también por los hechos de vida. Ella fue capaz de reconocer la Palabra de Dios escrita en la Biblia. La meditación de la palabra escrita purifica los ojos y hace descubrir la palabra viva de Dios en la vida. “Felices los que tienen su mirada limpia porque verán a Dios”, diría Jesús unos treinta años más tarde (Mt 5,8). Es en esta atención constante a la Palabra de Dios en la Biblia y en la vida donde está la causa de la grandeza de María.
Y no entendió las palabras que Jesús le dijo, después que ella lo buscó durante tres días y lo encontró en el templo en medio de los doctores (Lc 2, 50).
Y todavía conviene recordar que Jesús no dijo: “Dichosos lo que leen la Biblia y la ponen en práctica”. Sino que dijo: “Felices los que oyen la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. La Palabra de Dios no está solamente en la Biblia. Ella se revela tanto en la Biblia como en la vida.

MISTERIOS DOLOROSOS
PRIMER MISTERIO:
LA ORACIÓN DE JESÚS EN EL HUERTO.

Aunque María no siempre entendía todo lo que Jesús hablaba y hacía, ella siempre lo apoyó. Y por eso, tuvo problemas con sus parientes. ¿Quién es el que no los tiene?
Sus familiares estaban preocupados con Jesús y se lo achacaban a que María lo dejaba demasiado; que Jesús había perdido el juicio (Mc 3,11). Querían traerlo y recogerlo en su casa (Mc 3, 21). Y consiguieron que María lo buscase para decírselo (Mc 3, 31-32).
Pero Jesús no hizo caso, y les hizo saber a los parientes que ellos no tenían ninguna autoridad sobre él. Sólo Dios tenía autoridad, y lo importante era hacer su voluntad (cfr Mc 3,33-35). En otra ocasión, los parientes querían que Jesús fuese un poco más atrevido y que se fuese hasta Jerusalén, la capital, para conseguir más fama (cfr Jn 7, 2-4).
En el fondo, los parientes no querían a Jesús (cfr Jn 7, 5). Eran oportunistas. Sólo querían aprovecharse de su primo famoso. Es lo que Jesús dijo: “Los enemigos del hombre serán sus propios familiares” (Mt 10,36). Es lo que estaba pasando con él mismo, dentro de su propia familia. ¡María debe haber sufrido mucho con esto!


SEGUNDO MISTERIO:
LA FLAGELACIÓN
DE NUESTRO SEÑOR JESU CRISTO.

Las autoridades condenarán a Jesús como anti-Dios y anti-Pueblo (enemigo de Dios y del pueblo). A María no le importó. Fue la única persona de la familia que no lo abandonó. Ella no abandona a las personas en la hora de la necesidad, de la prueba y del dolor. ¡Va con ellos hasta el fin!
Lo mismo hizo con los apóstoles. Aunque todos huyeron, ella no los abandonó. Estuvo con ellos perseverando en la oración, durante nueve días, para que la fuerza de Dios les ayudase a superar el miedo que los inmovilizaba y los hacía huir (Hch 1,14).


TERCERO MISTERIO:
LA CORONACIÓN DE ESPINAS.

María no solamente era de Dios, sino también del Pueblo de Dios. ¿Qué significaba para ella ser del Pueblo de Dios? Para María eso significaba ser del pueblo pobre y vivir sus problemas.
María era del pueblo pobre, no como quien desciende de lo alto del trono para dar una pequeña ayuda o limosna a los pobres necesitados, allá abajo. Era del pueblo porque vivía la misma vida de todos. No era rica, ni poderosa (cfr Lc 1, 52-53). Para los pobres como ella, no había lugar en los hoteles y sólo tenían el abrigo de los animales, las grutas y los barrancos (Lc 2,7).
Pero existen pobres que, a pesar de ser pobres, están al lado de los ricos y de los poderosos, y desprecian a sus compañeros pobres. María no era así. El canto hecho por ella en casa de Isabel demuestra muy bien de qué lado escogía ella vivir: en el lado de los humildes (Lc 1,52), de los que pasan hambre (Lc 1,53), de los que temen a Dios (Lc 1,50).
Aparte de esto, ella se separó claramente de los orgullosos (Lc 1,51), de los poderosos (Lc 1,52) y de los ricos (Lc 1,53). Para María, ser del Pueblo de Dios significaba vivir una vida pobre y asumir la causa de los pobres, que es la causa de la justicia y de la liberación.
Todo esto puede chocar a los ricos y a los poderosos a quienes también les agrada ir detrás de la Santísima Virgen María con devoción y fervor, como también lo hace el pueblo humilde. Pero ésta es la verdad. Si no se convencen, que lean y reflexionen en el Evangelio el Cántico de María (Lc 1,46-55).
Finalmente, María era del pueblo, porque llevaba en sí la misma esperanza de todos, la misma fe y el mismo amor.

CUARTO MISTERIO:
JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS.

Cuando, al final, apresaron a Jesús como un malhechor (Lc 23,2) y lo condenaron como un hereje (Mt 26, 65-66), los parientes se callarán todos y no habo ninguno que diera la cara, a no ser algunas mujeres.
Pero María siguió fiel. No huyó ni tuvo miedo. Hasta los apóstoles, menos Juan, huyeron todos (Mt 26,56). Ella no. Se quedó con Jesús y lo apoyó. Fue con él hasta el Calvario y allí estuvo firme, asistiendo a su agonía (Jn 19,25). Eso hacía parte de su misión, asumida delante del ángel: “Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

QUINTO MISTERIO:
LA CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.

Todas las cosas que contamos aquí son historias verdaderas del pueblo “humilde y pobre”, que camina, con amor y devoción a la Virgen María, por los caminos de la vida. Camina hacia el Calvario, donde Jesús está colgado en la Cruz (cfr Jn 19, 25-26). El pueblo no huye, ni tiene miedo de sufrir. ¡Sufre tanto! Pero no se desalienta. Camina con la virgen María, venerando su imagen, para estar junto a Jesús, que está muriendo, en estos días, en tantos hermanos.
Llegando al Calvario, el pueblo no habla. Sólo se queda allí fijo, presente. Jesús tampoco habla. Solo reza colgado en la Cruz. Y allí, en el silencio de aquel dolor, los ojos de Jesús repiten también hoy todavía las mismas palabras que se oyeron por primera vez en el Calvario de Palestina: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo (al pueblo) a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 26-27).
Desde que Jesús, desde lo alto de la cruz, poco antes de morir, pronunció aquellas palabras, el pueblo humilde nunca más se separó de la Virgen. La lleva consigo, dentro de su corazón, dentro de su casa, a donde quiera que va. Jesús lo mandó. Fue su última voluntad.

MISTERIOS GLORIOSOS

PRIMER MISTERIO:
LA RESURRECCIÓN DEL HIJO DE DIOS.

Aquél que sabe escuchar la voz del silencio del pueblo y de su dedicación a la vida, ése capta su mensaje y comienza a entender algo de la extraña fuerza de resurrección que hay en la cruz. La cruz de Cristo, la cruz del pueblo, escándalo para unos y locura para otros, pero para nosotros expresión de la sabiduría y del poder de Dios (1 Cor 1, 18. 23).
El comienza a comprender que de los que aplastan la vida, no puede venir la fuerza de vida. De éstos sólo viene la muerte, pues ellos mismos están muertos, envueltos de pensamientos de muerte, sin vida. Ellos mismos necesitan la redención y la liberación, que sólo podrá venir de los débiles y de los oprimidos. Pues la fuerza de vida sólo nace allí donde la vida está crucificada y oprimida, torturada y perseguida. Y sólo allí aparece la fuerza de la Resurrección. Sólo resucita quien muere primero.
A muchos les gustaría que el pueblo no tuviese que pasar por el Viernes Santo, sino llegar directamente al Domingo de Resurrección. ¿Vivir como si el Viernes Santo continuase también hoy en la vida del pueblo? ¿Abandonar el Calvario antes de tiempo y dejar a los hermanos solos sufriendo en la cruz? Por el simple hecho de que el pueblo se quede al pie de la Cruz, junto con la Virgen María, ella anuncia a todos su fe en la resurrección y en la vida. Si no lo creyesen, la vida ya hubiese cesado hace mucho tiempo sobre la faz de la tierra.

SEGUNDO MISTERIO:
LA ASCENSIÓN DEL HIJO DE DIOS.

El Apocalipsis cuenta que la mujer dio a luz al niño y aquel niño fue arrebatado al cielo (Ap 12, 5-6). ésta es la descripción más breve de la vida de Jesús: nació de María en el portal de Belén, vivió treinta años después, casi fue devorado por el dragón que lo condenó a muerte y lo mató en la cruz, pero intervino Dios y lo resucitó. Lo arrebató de la muerte por medio de la boca del Dragón de Maldad y lo llevó al cielo donde lo sentó a su derecha (Ap 12,5). Allá en el cielo él recibió todo el poder y se convirtió en el Señor de la Historia (Ap 12, 10-12).
Humanamente hablando, la mujer iba a perder. Pero Dios vino y se colocó al lado de la vida. La mujer venció y la vida venció. El Dragón de Maldad y de muerte fue derrotado. No tiene explicación humana: la flaqueza venció a la fuerza.
Esta victoria de Dios nos garantiza la victoria final del bien, en esta lucha contra el mal que continúa hasta hoy. Dios tomó partido y definió su posición. El Dragón de Maldad será derrotado.

TERCER MISTERIO:
LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO
SOBRE LOS APÓSTOLES.

¿De dónde sacaba María la fuerza para ser siempre de Dios y del Pueblo?
La Biblia nos dice que María, después de subir Jesús al cielo, se quedó con los apóstoles y permaneció con ellos nueve días en oración, hasta el día de Pentecostés (Hch 1,14). Aquí está el secreto de su fuerza: ¡en la oración! Ella estuvo en oración nueve días seguidos con aquellos hombres miedosos. El efecto de la oración fue la venida del Espíritu Santo que los transformó en hombres valientes y fuertes. Perdieron el miedo. Ya no se asustaban por las amenazas (Hch 4, 18-21), ni con las prisiones (Hch 5, 17-21), y torturas (Hch 5, 40-42).
María hizo lo que Jesús recomendaba: “Pues si ustedes, malos como son, saben dar cosas buenas a sus niños, ¿cuánto más su Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11,13). Gracias a la oración de María, hecha junto con los apóstoles, el Espíritu Santo descendió con aquella abundancia y fundó la Iglesia en el día de Pentecostés (cfr Hch 2,1; 4,31).


CUARTO MISTERIO:
LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA.

La Iglesia enseña que Dios cuidó de la vida de María desde su primer momento hasta su último fin, desde el momento en que ella fue concebida hasta el momento en que fue elevada al cielo. Esto es, desde su Inmaculada Concepción hasta su Asunción a los cielos.
Estas dos verdades enseñadas por la Iglesia son la confirmación de lo que la Biblia enseña abiertamente: la Palabra de Dios influyó en María desde el principio al final de su vida. Ella era de Dios total y radicalmente. Nunca hubo en ella algo que fuese contrario a Dios. Dios reinaba en María. En ella el Reino de Dios era ya un hecho. Aquel pecado de Adán por el cual el hombre se separó de Dios, nunca tuvo lugar en María.
Todo esto nosotros lo celebramos todos los años en dos grandes fiestas: la fiesta de la Inmaculada Concepción -8 de diciembre- y la fiesta de la Asunción -15 de agosto-.

QUINTO MISTERIO:
LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA
COMO REINA DE CIELOS Y TIERRA.

¡Si fuese posible restaurar y renovar la Imagen de la Virgen, sin destruirla y sin deformarla! Restaurarla de tal manera que en ella se transparente mejor el mensaje de Dios al pueblo, y que apareciese muy claramente a los ojos de todos, el testimonio que María nos da de su fe en Dios y de su dedicación de vida.
Renovarla de tal manera que se transformase en un espejo limpio y no empañado para que el pueblo pueda contemplar en ella su rostro de persona, de hijo de Dios, y descubrir en ella su misión en el mundo de hoy.
¡Si fuese posible limpiar este espejo!
Un día este sueño se volverá realidad. Lo mismo que, por ahora, aún no somos capaces de ver toda la belleza de la Imagen de la Virgen, la gente sabe que dentro de ella está la belleza, e intuye que María tiene en sí un secreto muy importante para nuestra vida. Por eso, el pueblo la lleva consigo a todos sitios donde va, sabiendo que la devoción a María nos atrae su protección. No juzga sobre lo que todavía no comprende. Sabe que la vida es más profunda de lo que podemos comprender. Espera el día en que alguien le ayude a descubrir el secreto de la Imagen de María.
Cuando llegue ese día, será el día de los grandes milagros jamás sucedidos, que hará coincidir el Viernes Santo con el domingo de Pascua y transformará la gran procesión del Señor muerto, en la triunfal procesión festiva de la Resurrección y de la Vida.
¡Virgen de la Liberación, ruega por nosotros!

Parroquia de San Martín de Porres

quinta-feira, 16 de julho de 2015

Maria na espiritualidade do nosso tempo

*Dom Frei Vital Wilderink, O Carm, In Memoriam.
(Congresso Mariano Mariológico – Recife/PE. 11/07/2001)

A espiritualidade nasce de uma expectativa do ser humano  diante do mistério. Criado à imagem de Deus, ele já traz em si algo que é maior do que seu coração. Expectativa freqüentemente anônima, mas presente no tecido da nossa história. Só o mistério maior pode responder a esta nossa  expectativa. Deus cruzou o limiar da sua transcendência mediante seu Filho único que atravessou a extensão do universo para colocar-se nos caminhos do homem. Concebido pelo poder do Espírito Santo, nasceu da virgem Maria. Em Maria Deus assumiu a humanidade para que nós pudéssemos ter acesso à divindade, fazendo em sentido inverso o caminho que o conduziu até nós.   A relação do ser humano com Deus, passa pela realidade pessoal do Filho encarnado. É por Cristo, com Cristo, em Cristo que se estabelece a nossa relação  com o próprio mistério da Trindade. Não é uma  relação simplesmente acrescentada à nossa realidade humana. Ela transforma o ser do homem por dentro: “Vede que grande presente de amor o Pai nos deu: sermos chamados filhos de Deus! E nós o somos!”(1Jo 3, 1). Maria foi a primeira criatura atingida por esse plano de Deus. Nela a Palavra de Deus manifestou toda a sua fecunda eficácia. Maria tinha razão para dizer: “Daqui para a frente me felicitarão todas as gerações”. O presente Congresso nos coloca no meio dessas gerações.
            Não teria muito sentido alegrar-se com Maria se essa alegria não brotasse de dentro de nós mesmos, ou seja da nossa própria espiritualidade. Sem uma consciência de fé, pelo menos incoativa, no mistério do amor de Deus, nem teríamos razões para chamar Maria de bendita. Pois é a partir dessa consciência que se define para nós o lugar e o papel que ela tem na espiritualidade contemporânea..
            O que é feito da nossa espiritualidade hoje? Eu faria uma distinção entre religião, religiosidade e espiritualidade. Religião e espiritualidade não são palavras sinônimas, não dizem a mesma coisa, embora entre as duas existe - pelo menos deveria existir - uma íntima conexão. Desligada da religião surge facilmente um misticismo esotérico. Mas nem sempre uma religião é espiritual e mística. A religião dos antigos romanos se reduzia a um legalismo, às vezes, até piedoso cujo objetivo era também a manutenção  da estrutura política do império. Jesus tinha suas razões para dizer: “Daí a César o que é de César, e a Deus o que é de Deus” (Mt 22,21).
            Espiritualidade é um movimento interior, constantemente renovado, a partir de Deus. A primazia de Deus e da sua iniciativa é sempre “anterior” à  nossa história, à nossa cultura, e às dialéticas que nela se manifestam. E não basta que interiormente eu esteja convicto de tudo isso. Devo também tentar traduzir na vida as razões que tenho para reconhecer e testemunhar, sempre de novo, essa primazia de Deus. Isto supõe uma sede de Deus e uma coerência com essa sede. Mostra também que o decisivo na pessoa humana é o “coração”,  a interioridade, o espírito.  Afinal, é deste centro que partem as livres decisões, as definições dos horizontes  que dão sentido à história. O destinatário da palavra de Deus que ilumina e salva, é o coração onde está em jogo todo o nosso humano existir. O que faz compreender a importância do silêncio. Silêncio que não é um simples ficar calado, mas uma atenção vigilante inerente à nossa relação com Deus.  É o que chamamos a dimensão contemplativa da vida. Não é raro encontrar esses contemplativos no meio do povo, nas nossas comunidades. Não são  pessoas que não tenham as suas perplexidades,  as inquietações da noite da fé. Sendo Deus a última medida, elas não o vêem, mas crêem nele. Sem noite a aurora não aparece. Assim pode acontecer quando vemos desfeitos os nossos planos, quando o próprio ambiente cultural parece ocultar Deus aos olhos da nossa fé, quando nos deixamos interrogar pelas provações, pelo sofrimento, pela violência; quando parece apagar-se a luz recebida na oração, numa  leitura espiritual ou durante um retiro. Luz  que tínhamos diante dos olhos como uma lâmpada que brilha na escuridão, até que amanheça o dia, e o astro matutino desponte nos nossos corações (2Pd 1,19). Deus é sempre maior, e por isto freqüentemente parece recuar quando pensamos ter chegado a um melhor conhecimento dele. Assim também acontece com as nossas comunidades, acontece com a própria Igreja que nunca pode compreender-se a fundo a si mesma, nem pode deixar de procurar com paixão e paciência a sua identidade. O nosso encontro com Deus não é fruto de uma dialética humana, seja ela coletiva ou pessoal. Nem é uma conquista eclesiástica.  É só a graça que muda e renova: “permanecei em mim” como Jesus disse a seus discípulos. É esse seguimento na radicalidade da fé que forma o critério da autenticidade da espiritualidade de uma pessoa ou de um movimento. Dá também sentido a uma pertença institucional cujas possibilidades e conseqüências são assumidas e desenvolvidas na fidelidade à graça de Deus. A fé que despreza esse pertencer não pode ser genuína. É nesta perspectiva que podemos interpretar o que Dom Hélder repetia a Dom Paulo Evaristo, agora arcebispo emérito de São Paulo: “A coisa mais importante de todas que você pode fazer pela Igreja é a celebração da missa e a recitação das orações”.
            A espiritualidade é um caminho que se percorre para descobrir a própria identidade. O ser humano se descobre a si mesmo à medida que vai entrando em contato com os outros, com aquilo que não é ele mesmo, com tudo aquilo que é novo. Quando perdemos a capacidade de encontrar o outro como outro, ficamos rodando num egocentrismo que é um círculo vicioso. Uma criança mimada pode tornar-se insuportável porque se lhe negou o encontro com o outro como outro,  reconhecendo-lhe em tudo direitos de propriedade. O ambiente de uma sociedade de consumo favorece o individualismo. Até certos gestos aparentemente altruístas podem esconder um narcisismo. A espiritualidade é o acontecer de uma relação com o Totalmente Outro. No mais profundo do ser humano existe uma nostalgia desse Absoluto que é o Mistério de Deus. Mas o encontro com esse Totalmente  Outro supõe um itinerário que atravessa a nossa vida de cada dia. Aos poucos vamos descobrindo que o encontro com o Outro, não se faz sem o encontro com o outro. A necessidade que um outro tem, pode tornar-se possibilidade de um encontro. Mas também pode acontecer o movimento inverso quando mediante o discernimento de uma possibilidade se descobre nela uma necessidade. É assim que se faz a descoberta da própria vocação. Foi assim que Maria deu o seu sim a Deus. É descobrir  que nós estamos procurando Deus porque é Ele que está à nossa procura. “Não fomos nós que amamos a Deus, mas Ele nos amou primeiro” como escreveu São João. Santa Teresa traduz isto numa expressão que ela escutou na oração: “Busca-me em ti - Busca-te em mim”. É importante que a nossa vida espiritual seja alimentada pela Palavra de Deus através de uma leitura orante. Isto prepara o terreno para que essa Palavra possa fazer-se carne na nossa história. São Bernardo de Clairvaux num sermão sobre o Cântico dos Cânticos  fez uma belíssima confissão: “Confesso-vos uma coisa: sei que o Verbo de Deus me visitou. Mas não sei como ele entrou em meu coração nem como saiu, mas senti a sua ação que me enternece e converte o meu coração. Aliás, só posso saber que tive essa experiência íntima da sua visita por causa de uma leve mudança que experimentei no sentido da minha conversão”.
             O homem de hoje não está muito a procura de idéias, de doutrinas. Está buscando alguém. Anos atrás cantávamos muitas vezes: “Quando Jesus passar, eu quero estar no meu lugar”. O evangelho de João, conta que um certo André e um companheiro dele, provavelmente o próprio João, viram Jesus passar. João Batista, tinha-lhes chamado a atenção: “Eis o cordeiro de Deus”. Eles foram atrás dele. Jesus voltou-se e perguntou: “O que estão procurando?”. Como se  quisesse indagar os motivos que os dois tinham para segui-lo a fim de que tomassem consciência do que pretendiam. E eles responderam com outra pergunta: “Mestre onde moras?” Não penso que a pergunta deles era superficial ou evasiva, no sentido de querer saber onde Jesus se alojava. O que eles investigavam era o mistério da morada transcendente de Jesus. Daí Jesus respondeu: “Venham e vejam”. Talvez tenham recebido naquele dia que ficaram com ele, uma primeira instrução. João anota no seu evangelho que eram as quatro horas da tarde. A Bíblia de Jerusalém diz: “Era a hora décima, aproximadamente”. A passagem de Jesus na praça da vida nunca é casual, mesmo se já é a “undécima  hora”(Mt 20,6). Acontece sempre no “hoje” de Deus.
            No dia seguinte ao  encontro de Jesus com os primeiros discípulos, o evangelho de João apresenta o grupo na festa de um casamento em Caná da Galiléia:  “Aí estava a mãe de Jesus. Também Jesus e seus discípulos foram convidados para o casamento” (Jo 2,1-2). O evangelista tem uma clara intenção em relatar os acontecimentos  nas bodas de Caná: salientar a presença de Maria na festa do casamento. Já no livros do Antigo Testamento o casamento é um símbolo freqüente do amor de Deus por Jerusalém (Is 62,5). . No Novo Testamento torna-se símbolo da união do Messias com a Igreja (Ef 5, 21-33). Nas bodas de Caná  esse casamento de Jesus com a Igreja em vista da humanidade inteira ainda não aconteceu: “Mulher, que desejas de mim? A minha hora ainda não chegou”. Maria está presente ao primeiro milagre, que revela a glória de Jesus. A expressão “chegou a hora” aparece repetidas vezes no evangelho de João, apontando principalmente para a paixão e glorificação de Jesus: “Pai, chegou a hora, glorifica teu Filho para que teu Filho te glorifique” (Jo 17,1). Cristo amou a Igreja e se entregou por ela. Maria está novamente presente, junto à cruz: “Mulher, eis o teu filho! E depois dirigindo-se ao discípulo: “Eis a tua mãe” (Jo 19,26-27).
            O evangelho de Lucas, já nos primeiros dois capítulos do seu evangelho, nos deixa permanecer longamente na presença de Maria de Nazaré, acompanhando as suas reações na anunciação do anjo, a sua visita a Isabel, sua viagem a Belém junto com José, o nascimento de seu Filho em condições precárias, sua silenciosa meditação diante dos pastores que acorreram para ver o menino recém-nascido, a apresentação de Jesus no templo onde o velho Simeão lhe predisse que o Filho dela seria uma bandeira disputada que haveria de mostrar os pensamentos de todos, ou contra ou a favor. O que seria como uma espada que atravessaria a ela mesma. Para Maria foi uma caminhada de fé nesse mistério do seu próprio Filho. Caminhada feita no dia a dia na casa de Nazaré, na viagem de retorno  a Jerusalém onde, depois de uma procura angustiada de três dias,  reencontrou o menino no templo. Maria e José não entenderam a justificativa que Jesus deu do seu comportamento: “Não sabíeis que eu tenho de estar na casa do meu Pai?”. E de novo, Maria guardava tudo isso em seu íntimo. Aos poucos vai descobrindo que o silêncio de Deus não é ausência de resposta. Durante toda a sua vida ela repetiu: “Que tudo aconteça segundo a sua palavra”. Palavra de Deus que ela mesma deu à luz por intervenção do Espírito Santo. Uma palavra é autêntica, realmente nova, quando sai do silêncio. Deus por ser o Totalmente Outro é sempre silêncio, em comparação com a música que já conhecemos.  É por assim uma lei que rege a espiritualidade. No processo da espiritualidade as nossas palavras, as nossas atividades, as nossas alegrias e tristezas, enfim a nossa vida devem tornar-se grávidas do silêncio do mistério de Deus.
            No Evangelho de João, Maria aparece no início da vida pública de seu Filho. Ao que parece é uma convidada importante. Ela tem suficiente autoridade para colocar os empregados da casa a serviço de Jesus: “Fazei o que ele vos disser”. Percebeu que estava faltando vinho para o casamento... É algo trágico num casamento. Dirige-se a Jesus: “Eles não têm mais vinho”. A reação de Jesus é de uma aparente indiferença. De fato, não cabe a ela definir os tempos nem as ações de Jesus. Mas, como primeira criatura humana atingida pelo projeto do Pai, e envolvida como primeira beneficiada na revelação histórica desse projeto redentor, Maria seguiu os passos de Jesus pois Ele é “o caminho, a verdade e a vida”.
            Olhando para o nosso mundo, percebemos que nele falta o vinho: o vinho da vida, o vinho da esperança, o vinho da espiritualidade. Faz pensar num texto de Isaías: “Já não se bebe vinho ao som do cântico, e a bebida forte tem um sabor amargo para quem o bebe” (Is 24,9). “Eles não têm mais vinho”, disse Maria a Jesus no casamento em Caná. Pelo Espírito que Jesus prometeu enviar a água pode transformar-se em vinho. Peçamos  à Mãe de Jesus que interceda por nós. Ela o fará contanto que sigamos o que ela nos propõe a partir da sua própria experiência: “Fazei tudo o que ele vos disser”.

*Dom Frei Vital Wilderink, O Carm- Eremita Carmelita- foi vítima de um acidente de automóvel quando retornava para o Eremitério, “Fonte de Elias”, no alto do Rio das Pedras, nas montanhas de Lídice, distrito do município de Rio Claro, no estado do Rio de Janeiro. O acidente ocorreu no dia 11 de junho de 2014. O sepultamento foi na cidade de Itaguaí/RJ, no dia 12, na Catedral de São Francisco Xavier, Diocese esta onde ele foi o primeiro Bispo.

quarta-feira, 15 de julho de 2015

UMA PRESENÇA AMOROSA: MARIA E O CARMELO (4ª Parte).

Christopher O’Donnell, O. Carm.

Espiritualidade Mariana
            Neste ponto, vamos fazer uma pausa no levantamento histórico de nossa herança, para perguntar se podemos falar de nossa herança mariana como uma espiritualidade. Já estudamos as idéias chaves, que chamamos de temas centrais da nossa tradição. Vamos perguntar agora qual a natureza delas e como elas se integram em nossa vida. Começaremos com algumas considerações gerais sobre espiritualidade, antes de examinar algumas manifestações significativas da vida mariana carmelitana, do misticismo mariano e da forma de vida mariana, exposto pelo Venerável Miguel de Santo Agostinho, assim como algumas reflexões sobre o significado do Escapulário. Então, estaremos em condição de tirar algumas conclusões importantes sobre Maria na vida do Carmelo e dos carmelitas.

Espiritualidade
            Espiritualidade é uma palavra que se tornou um camaleão: ela assume uma nuança diferente quando usada pelas várias escolas ou movimentos identificados por um período, um lugar ou uma instituição (por exemplo, espiritualidade do deserto, medieval, dominicana, francesa). Ela também é aplicada como uma resposta apropriada aos vários estados de vida (por exemplo, espiritualidade de pessoas solteiras, casadas, clérigos, religiosas). Ela pode significar um enfoque sobre alguns aspectos de revelação ou da vida da Igreja, ou pode chamar atenção para a vida de alguns de seus membros (por exemplo, espiritualidade eucarística, litúrgica, libertadora, feminista).
            Alguns esclarecimentos são necessários quando as pessoas falam de espiritualidade. Do contrário, elas terão uma tendência inevitável de falar de distintas e entrecruzadas propostas. Aqui vamos considerar espiritualidade como significando a resposta subjetiva da Igreja como noiva a seu noivo Cristo. Poderíamos substituir esta linguagem tradicional pela a idéia de que espiritualidade é a vivência prática dos mistérios ensinados pela Igreja, ou seja, uma teologia que se encarnou e que encontra sua expressão numa caminhada, de indivíduos ou de grupos, para Deus. Como tal, a espiritualidade autêntica será sempre Trinitária. As pessoas que aceitam o que lhes é oferecido através da Palavra e dos sacramentos, permitindo-lhes que sua eficácia surja nelas mesmas através da fé, da esperança e do amor a Deus e aos outros, se abrirão a relacionamentos novos e mais profundos com o Pai, o Filho e o Espírito e com toda a humanidade. O centro desta resposta é Cristo, o único caminho para a vida Trinitária (ver Jo 14,6; 1Tm 2,5). Mas não podemos falar de Cristo apenas como modelo. Ele é muito mais do que isto, pois apesar de ser o pão da vida (Jo 6), ele também é, em si, a nossa vida, aquele em quem estamos escondidos (ver Cl 3,3 – 4). A palavra “cristão” não é suficiente para especificar ou esclarecer a espiritualidade, exceto para indicar que não estamos falando de qualquer outra religião do mundo.

A Espiritualidade Mariana
A pergunta a ser feita agora é se estamos lidando com uma devoção ou discernimento marianos, ou com uma espiritualidade mariana. Uma expressão como “espiritualidade mariana” é suficiente para deixar algumas pessoas apreensivas: não existe apenas uma espiritualidade, ou seja, a espiritualidade cristã? A questão é extremamente importante, embora também seja um tanto complexa. Num trabalho significativo, mas muitas vezes despercebido, escrito em 1960, Hans Urs von Balthasar mostrou que a espiritualidade mariana sustenta todas as outras:
Uma espiritualidade centrada na atitude exemplar de Maria... não é apenas uma espiritualidade entre outras. Por esta razão, apesar de Maria ser uma pessoa fiel e, como tal, o protótipo e o modelo de toda resposta de fé, ela sintetiza todas as espiritualidades particulares na única espiritualidade da noiva de Cristo, a Igreja. O que aprendemos com Maria, numa lição válida para todos os tempos, é que a resposta da serva do Senhor à Palavra agindo nela e acolhendo toda a vontade dele – de modo especial e único – é apenas um tema particular na teologia. O que é especial na espiritualidade de Maria é a sua renúncia radical a qualquer espiritualidade especial que não seja acolher o domínio do Altíssimo e ser a habitação da Palavra divina... Portanto, a idéia de fazer da espiritualidade mariana apenas uma  entre outras, é uma distorção...

Aqui H. von Balthasar está antecipando parcialmente uma afirmação do Vaticano II em sua Constituição sobre a Liturgia:
         Celebrando o ciclo anual dos mistérios de Cristo, a Santa Igreja honra a Bem-aventurada Maria, Mãe de Deus, com um amor especial. Ela está inseparavelmente ligada ao trabalho salvador de seu Filho. Nela a Igreja admira e exalta o mais excelente fruto da redenção e contempla alegremente, como numa imagem perfeita, o que ela mesma deseja e espera ser totalmente. (n. 103)
Portanto, o paradigma de toda resposta a Deus é a resposta mariana. H. von Balthasar está afirmando que qualquer espiritualidade autêntica será, portanto, mariana, mesmo que não haja evidência. Se olharmos para o que seria comumente chamado de espiritualidades particulares veremos que, apesar de cada uma ter um foco, o conjunto da espiritualidade é realmente uma articulação, um modo de falar e de viver o “sim” total de Maria. Toda espiritualidade se fundamenta nas expressões trinitárias da vida de Maria, através de sua resposta à Palavra de Deus.
          Em sua recente coleção de Missas votivas marianas, a Igreja oferece uma sobre “A Bem-aventurada Virgem Maria: Mãe e Mestra Espiritual”. (Como veremos, ela se inspira muito em nossa própria Missa Carmelitana de Nossa Senhora do Monte Carmelo.) O prefácio reza assim:
Pai todo-poderoso e eterno Deus, nós vos damos graças sempre e em todo lugar. Associada intimamente ao mistério de seu Cristo, ela (Maria) não cessa de gerar filhos para ti através da Igreja, a quem ela exorta por amor e suscita por seu exemplo, a buscar a perfeita caridade. Ela permanece como imagem daquela vida evangélica, a qual, em oração a ela, aprendemos com sua mente a amar-vos acima de tudo, com seu espírito contemplarmos continuamente vossa Palavra, e com seu coração servirmos nossos irmãos e irmãs. (ênfase minha)
          O mesmo ensinamento é encontrado, de forma mais ampla, na Exortação Apostólica Marialis cultus de Paulo VI, numa densa síntese que é ao mesmo tempo cristocêntrica, pneumatológica e antropológica. O papa afirma que cada aspecto da missão de Maria é direcionado para o mesmo fim, ou seja, reproduzir nos filhos as características espirituais do Primogênito... As virtudes da Mãe também adornarão seus filhos que aprofundam seu exemplo para refleti-lo em suas próprias vidas e este progresso na virtude aparecerá como a conseqüência e o fruto permanentemente maduro deste zelo pastoral que jorra da devoção à Virgem Bem-aventurada. A devoção à Mãe do Senhor torna-se para o fiel uma oportunidade de crescimento na graça divina e este é o objetivo final de toda atividade pastoral, pois é impossível honrar aquela que é “cheia de graça” (Lc 1,28) sem honrar, desse modo, o seu próprio estado de graça, que é a amizade com Deus, a comunhão com ele, sendo a moradia do Espírito Santo.
       Existem indicações no pensamento contemporâneo sugerindo que uma espiritualidade autêntica deve ser mariana, pelo menos implicitamente. Novas e importantes contribuições são claras a este respeito. O Nono Simpósio Mariológico Internacional (Roma 1992) também tratou desta questão em seus Procedimentos.

Um relacionamento com Maria
            Já vimos que uma antiga devoção na mariologia carmelitana era venerar Maria como Modelo. Tal devoção não é exclusiva aos carmelitas e pode ser vista como um lugar comum na espiritualidade cristã. Valiosa como é, esta devoção poderia ter uma desvantagem se nos prendêssemos exclusivamente a ela. A devoção mariana carmelitana deve sempre ir além do saber sobre Maria para o mais profundo conhecer Maria. Podemos ter muitas informações sobre uma pessoa sem termos um relacionamento com ela. Para uma espiritualidade genuinamente mariana, devemos ir além dos fatos sobre Maria, chamando-a de Padroeira, Mãe, Irmã, Modelo, para entrar num relacionamento baseado nestes ou em outros títulos. Em nossa tradição carmelitana existem diversas expressões deste relacionamento, não apenas na mística, mas também através do Escapulário.
            Poderíamos começar observando que na espiritualidade moderna existe uma ênfase no itinerário espiritual para a vida adulta. Assim, Maria pode ser venerada não apenas como Mãe, mas também como uma companheira. Em termos humanos, uma mãe pode, sem deixar de ser mãe, ampliar seu relacionamento para o de irmã e de amiga. Assim também acontece com Maria.
          Isto significa uma mudança da imitação para a identificação em comunhão, num relacionamento sempre mais profundo com Maria, de forma que caminhamos com ela numa peregrinação de fé, esperança, obediência e amor. Tal união com Maria não termina aqui, mas inclina-se necessariamente para uma comunhão sempre mais profunda com Cristo através do Espírito Santo. Apesar de teologicamente podermos apreciar a autenticidade desse progresso, abraçar a espiritualidade mariana no nível mais profundo exige um chamado especial do Espírito Santo.
            A relação entre Cristologia e Mariologia na espiritualidade cristã exige um tratamento cuidadoso. Nos autores ortodoxos, a mariologia é sempre secundária. Cristo é o coração de toda espiritualidade. Mas o ponto de inserção na cristologia pode variar. As espiritualidades marianas apresentam Maria como um modelo no seguimento de Cristo. Não é uma questão de escolha entre abordagem cristológica ou mariana: tanto a cristológica quanto a mariana podem ser aplicadas à espiritualidade e ao pensamento carmelitano. Um capuchinho não vai afirmar que sua espiritualidade é cristológica em vez de franciscana. Em vez disso, o modo pelo qual sua espiritualidade é genuinamente cristológica se faz num modelo franciscano. Os carmelitas também precisam mostrar continuamente sua centralização autêntica no mistério de Cristo.
            Por diversas vezes enfatizamos que não encontraremos o que é próprio carmelitano ao deixar de considerar tudo que é partilhado com outros grupos e ordens. Mas será que praticamente todos os elementos são encontrados em outras ordens e congregações? Parece que temos aqui um caso claro de uma questão colocada erroneamente, levando a respostas distorcidas. Não há elemento em sua espiritualidade ou em sua mariologia que seja próprio da Ordem Carmelita. Tudo o que temos é partilhado por outros ou, na verdade, por muitos outros. Contudo, existe uma identidade carmelitana mariana. Mas não a encontraremos tentando eliminar tudo que é partilhado com os outros.
            O mistério único de Cristo, que é uma partilha da vida da Trindade pela graça na fé, na esperança e na caridade, é encontrado numa variedade de espiritualidades. Todas baseadas numa revelação do Novo Testamento. Os elementos são todos os mesmos, mas a ordem, o equilíbrio, a ênfase será sutilmente diferente. A herança mariana da Ordem tem os mesmos elementos como a tradição de muitas outras famílias espirituais, mas ela pode e deveria ser percebida como diferente. Uma das diferenças poderia estar numa ênfase num tipo de relacionamento, que é desenvolvido, não apenas em nossos escritos místicos, mas também na devoção do Escapulário.

Mística Mariana
Um elemento significativo na tradição da Ordem é a da mística mariana, um termo que não é usado univocamente por todos os estudiosos.   Seu principal exemplo é a terceira carmelitana flamenga Maria Petyt (Petijt – Maria de Santa Teresa, 1623-1677).   Após alguns anos de busca por sua vocação ela encontrou o carmelita Miguel de Santo Agostinho, que se tornou seu orientador. Ele descreveu algumas das experiências de Maria Petyt num pequeno volume sobre a forma de vida mariana e a Vida de Maria. O estudo recente de S. Possanzini deixou este trabalho mais acessível aos carmelitas hoje.
Duas questões surgem sobre a mística mariana: a primeira é o papel de Maria que é geralmente encontrado na vida místico-contemplativa do Carmelo; a segunda é uma área mais difícil de examinar, ou seja, a realidade e a validade de uma experiência especificamente mística mariana.

Maria e os místicos carmelitanos
Em geral, podemos afirmar que na Ordem Carmelita a vida contemplativa e a experiência mística são freqüentemente definidas como tendo características marianas. Maria acompanha os carmelitas contemplativos em sua jornada para a união divina.   Além disso, muitos místicos carmelitas tiveram experiências nas quais Maria tinha seu papel central. Elas são tão comuns que não precisam de elaboração. Podemos tomar como exemplo Santa Teresa d’Ávila. Foi na festa da Assunção em 1561:
Eu refletia sobre os muitos pecados que confessei no passado naquela casa e muitas coisas sobre minha vida infeliz. Um êxtase invadiu-me tão fortemente que quase me arrebatou... Pareceu-me, enquanto estava neste estado, que me vi vestida de um manto branco esplendoroso e brilhante. Mas a princípio, não vi quem me vestia. Depois vi uma Senhora à minha direita e meu pai São José à minha esquerda, pois eles estavam revestindo-se com o manto. Compreendi então que estava limpa de meus pecados...
         A beleza que vi em Nossa Senhora era extraordinária, apesar de não ter percebido qualquer detalhe em especial, exceto a forma de seu rosto e que suas vestes eram de um branco muito brilhante, não deslumbrante mas suave... Então, pareceu-me vê-los subir aos céus com uma grande multidão de anjos. Fui deixada em profunda solidão, apesar de tão consolada e elevada e serena em oração e tocada pelo amor, que permaneci algum tempo sem ser capaz de mover-me ou de falar, praticamente fora de mim mesma. Sentia em mim um grande impulso de ser dissolvida em Deus e com emoções semelhantes. E tudo aconteceu de tal modo que nunca poderia duvidar, não importa o quanto tentasse, que era uma visão de Deus.
Aqui, apesar de Maria ser central na experiência, temos uma visão de Deus, levando a uma união mais profunda com Deus. Santa Teresa d’Ávila, numa visão mística em 08 de setembro de 1575 renovou seus votos nas mãos de Nossa Senhora. Ela observa: “Esta visão permaneceu comigo por alguns dias, como se ela estivesse junto a mim, à minha esquerda.”
A cura de Santa Teresinha de Lisieux através do sorriso de Nossa Senhora no Domingo de Pentecostes de 1883, é outro exemplo de uma visão mariana, mas vista como uma ação da misericórdia divina. Este foi o começo de um processo que, cinco anos mais tarde, permitiria que ela entrasse no Carmelo.
       Tais experiências místicas são freqüentes na história da espiritualidade e não precisam ser consideradas como especificamente carmelitanas,   apesar de também encontradas, e surgindo, da vida do Carmelo.

A forma de vida mariana
Um segundo tipo de experiência é encontrado em autores carmelitanos, apesar de ainda não ter sido suficientemente estudado por teólogos espirituais.   Contudo, ele também é encontrado fora da Ordem Carmelita.   Ele aparece mais elaborado em Miguel de Santo Agostinho e Maria Petyt, mas textos em línguas modernas não são muito acessíveis. Algumas observações iniciais devem ser feitas. O misticismo implica em uma jornada para Deus, para a união divina com a Trindade. Por isso, inevitavelmente, haverá uma necessidade de contextualização dos escritos destes dois autores, já que frases isoladas podem indicar um foco distorcido sobre Maria em lugar de Deus. Surgem dificuldades posteriores com a linguagem mística, altamente simbólica, usada por eles.
O estudo recente de S. Possanzini parece confirmar o que escritores mais antigos suspeitavam, ou seja, que sob a terminologia de forma de vida mariana o Venerável Miguel fala geralmente sobre a vida ascética, ou que parte da jornada espiritual é amplamente determinada pelo esforço humano, mas assistido, é claro, pela graça. O que ele chama de vida mariana é seu aspecto místico, ou seja, é livremente concedido como graça excepcional de Deus.
O fundamento da forma de vida mariana é a maternidade espiritual de Maria e sua mediação, as quais já vimos como estando profundamente dentro das tradições carmelitanas. A forma de vida mariana consiste em “manter os olhos abertos para Deus e para sua bem-aventurada Mãe, de forma que façamos pronta e alegremente o que sabemos ser agradável a eles, e evitar o que reconhecemos ser desagradável a eles”.   Assim, vivemos uma vida que é, ao mesmo tempo, divina e mariana. O reino de Jesus e o reino de Maria coincidem de forma que “Jesus e Maria reinam unanimemente nela (a alma)”.
        Assim, está claro que as intuições centrais desta espiritualidade a partir da forma de vida mariana são plenamente ortodoxas. As expressões que ela valoriza são explicações deste discernimento da identidade da vontade de Maria e de Jesus. Onde o ensinamento torna-se específico e original é o que Miguel chama de mariano, no qual Maria é vista acompanhando e instruindo a pessoa em toda a jornada para a profunda união divina e casamento místico. Ainda mais distinta é a noção de união com Maria definindo o modo pelo qual a pessoa chega à união com seu Filho e com o Deus Trino. Miguel de Santo Agostinho usa diversas destas imagens.

Primeiramente, existe a vida em Maria:
Pelo diligente exercício de fé e do amor constante, adquirimos o hábito ou a prática de ter em mente, sempre e em todo lugar, a presença de Deus, e existe tal sincera afeição fluindo com tal facilidade para Deus que parece impossível esquecer Deus. Do mesmo modo aquele que ama Maria através deste exercício contínuo, adquire o hábito ou a prática de tê-la sempre presente em mente como Mãe amorosa, de forma que todos os pensamentos e afeições da pessoa terminam nela e em Deus, e a pessoa não pode esquecer nem a Mãe amorosa nem Deus.
Segundo ele, isto não é algo infantil ou inocente, mas um movimento muito maduro, racional e corajoso (viriliori). É um trabalho do Espírito levando a pessoa a uma consciência ora de Maria, ora de Deus, sem qualquer conflito ou divisão no coração.
            Em segundo lugar, a pessoa vive para Maria. Aqui o autor é novamente cuidadoso em mostrar que o serviço a Maria não diminui Deus de modo algum.
            Assim como em Maria tudo existe para o prazer divino e ela vive na eternidade para Deus, para seu prazer, amor e glória, então também cada vida e morte por Maria deve servir e ser dirigida a Deus. Portanto, não vivemos ou morremos para Maria como nosso fim definitivo, ou com qualquer reflexão que poderia aderir a qualquer coisa fora de Deus para nossa própria conveniência. Em vez disso, através da vida e morte em Maria e para Maria, vivemos e morremos mais perfeitamente em Deus e para Deus, como causa de seu prazer e amor. E nada no reino perfeito de Maria contradiz o reino de Jesus, mas é totalmente ordenado para ele.
            Poderia parecer que esta forma de vida mariana não é mística no sentido técnico. Apesar da graça ser necessária, realmente uma graça especial, a pessoa pode escolher este modo de aproximação de Deus através de Maria. Se a pessoa cresce profundamente neste modo de espiritualidade poderia depender de uma continuação de tal graça e do temperamento e da afetividade da pessoa. Existe uma diferença essencial entre esta forma de vida mariana e a do misticismo mariano atribuído à Venerável Maria de Santa Teresa e descrito por seu orientador, Miguel de Santo Agostinho.

O Misticismo mariano em Maria de Santa Teresa (Maria Petijt ou Petyt)
Os capítulos restantes do trabalho do Venerável Miguel sobre a forma de vida mariana e a Vida Mariana são uma exposição corajosa de um misticismo genuinamente mariano. Sabemos que Maria Petijt ou Petyt foi uma discípula do Venerável Miguel. Ela nasceu em Hazebrouck em 1623. Buscou uma vida religiosa com as cônegas de Santo Agostinho, mas foi considerada inadequada. Depois de ter um orientador muito rigoroso, ela encontrou-se com Miguel por volta de 1647. Ele permaneceu seu orientador até a morte dela em 1677. Podemos ter certeza de que ele aprendeu muito a partir das experiências dela, as quais incorporou em seu trabalho. O que não fica claro é se ele mesmo teve tais experiências místicas.
Miguel de Santo Agostinho mostra um modo de união com Deus através de um modo de união com Maria. Existe um crescimento nesta jornada mística e estas experiências iniciais de Deus e de Maria precisam ser purificadas.   O misticismo mariano destes autores é descrito como “vida contemplativa de Deus em Maria e de Maria em Deus”.   Mas eles não aceitam qualquer confusão entre Maria e Deus. A analogia usada é a da Encarnação na qual as duas naturezas são unidas, mas não fundidas.   A união com Maria é uma união de amor com Deus:
Deste modo, podemos compreender o gozo de Maria na alma, a diluição (liquefactio) da alma em Maria, a união da alma com Maria e sua transformação em Maria. Isso acontece porque o amor tende para o que se parece com ele e, por isso, inclina a alma, pois a natureza do amor é tender para a união com o ser amado.
Os ápices desta união mística com Maria são descritos com uma linguagem que é, na verdade, um tanto obscura, mas tem um constante poder de persuasão:
Consequentemente, a memória, a inteligência e a vontade são silenciosa, simples e intimamente ocupadas com Maria e, simultaneamente, com Deus, que a alma dificilmente pode detectar como ocorrem estas transformações. De um modo confuso, a alma conhece bem e sente a memória ser ocupada por alguma lembrança simples de Deus e de Maria, o intelecto tem uma consciência nua, clara e pura de Deus presente e de Maria presente em Deus, a vontade tem um amor muito tranqüilo, íntimo, doce, terno e espiritual de Deus e de Maria em Deus e uma adesão a Deus e a Maria em Deus. Digo “amor espiritual” porque o amor é, então, visto brilhando e operando na parte mais sublime da alma com abstração dos poderes mais baixos e sensitivos, de modo que está mais proporcionada a intimar a diluição, a absorção em Deus e em Maria e a união com Deus e, ao mesmo tempo, com Maria. Pois, quando os poderes da alma são virtuosas (nobiliter) e perfeitamente ocupados na memória, na consciência e na firme adesão de toda alma com Deus e com Maria, de modo que por uma diluição amorosa ou um influxo de amor pareça ser um com Deus e com Maria, como se os três, Deus, Maria e a alma, fossem fundidos num só. Isso parece ser a extremidade e a suprema realização que uma alma pode alcançar nesta forma de vida mariana e é a atividade principal desse exercício e do espírito de amor para com Maria.
Os místicos têm suas experiências não apenas como dons especiais e pessoais de Deus, mas também para ensinarem a Igreja. A mística da forma mariana de Maria Petyt não é algo excêntrico na história da espiritualidade, mas ensina a toda Igreja algo importante sobre a jornada para Deus. O que pode não estar explícito em outros místicos está bem claro em Miguel de Santo Agostinho e em Maria Petyt, ou seja, que a união divina acontece através de uma pessoa que se torna intimamente revestida das virtudes de Maria, continuamente através de sua presença e de seu acompanhamento. Neles encontramos a mais dramática e mais sublime expressão da verdade registrada em todos os escritos marianos carmelitanos, ou seja, a presença materna de Maria sempre acompanha os carmelitas e o crescimento na santidade é encontrado através da abertura da pessoa a esta presença e a este zelo maternal. O fato de uma leitura de Miguel de Santo Agostinho ser proposta para a Celebração Solene de Nossa Senhora do Monte Carmelo é, certamente, uma oportunidade para a Ordem refletir na sua jornada para Jesus através de Maria.
Apesar de pertencer a uma cultura diferente, o misticismo flamengo desses dois carmelitas é outra expressão da verdade teológica proposta por Hans Urs von Balthasar sobre a necessidade de a Igreja ser realmente mariana se quiser ser autenticamente cristã.   Eles também antecipam através de uma exposição mais profunda, as verdades expostas num livro muito conhecido sobre a escravidão a Maria: O Tratado sobre a Verdadeira Devoção de São Luís Maria Grignion de Montfort (+ 1716).   Mas existe uma diferença muito significativa: para muitas pessoas a “Verdadeira Devoção” é uma forma de piedade, uma aproximação a Maria, que eles adotam livremente sob a condução do Espírito. Nisto ela assemelha-se à forma de vida mariana. O misticismo mariano, por outro lado, é o resultado de uma extraordinária intervenção de Deus na vida da pessoa. Em outras palavras, a “Verdadeira Devoção” pode ser escolhida, o misticismo mariano é dado. A forma de vida mariana como a Verdadeira Devoção leva a pessoa a um relacionamento com Maria.

O Escapulário
No capítulo anterior já vimos as origens obscuras do Escapulário Carmelitano e os problemas históricos associados a ele. Penso que eles podem e devem ser mantidos fora da questão do valor espiritual do Escapulário.
No desenvolvimento posterior à Reforma, a devoção mariana carmelitana ao Escapulário teve um lugar muito importante e apareceu no Diretório Touraine (a partir de 1650 com versões mais tardias).   Ele tinha um duplo significado a partir do simbolismo medieval: o patronato de Maria e o nosso serviço ou devoção. Ao mesmo tempo, houve um enorme crescimento das Fraternidades do Escapulário, compostas de homens e mulheres leigos.   Muito permanece por ser feito no estudo da história completa da propagação do Escapulário, apesar do excepcional trabalho de E. Esteve.

Pio XII
Para nossos propósitos aqui, é suficiente levantar a questão no século XX e começar com a Carta de Pio XII aos Superiores Gerais dos dois ramos da Ordem, a Neminem profecto latet (11 de fevereiro de 1950). Como este texto não está tão disponível hoje como no passado, será útil reproduzi-lo em sua íntegra:
            Não existe ninguém que não esteja consciente de quão grandiosamente um amor pela Bem-aventurada Virgem Mãe de Deus contribui para a animação da fé católica e para a elevação do padrão moral. Estes efeitos são especialmente assegurados por meios daquelas devoções que, mais do que outras, são vistas como instruindo a mente com a doutrina celestial e estimulando as almas à prática da vida cristã. A devoção do Sagrado Escapulário carmelitano deve ser a mais favorecida entre essas devoções – uma devoção que, acessível à mente de todos por sua própria simplicidade, tornou-se tão universalmente difundida entre os fiéis e produziu muitos frutos salutares.
      Portanto, muito nos agradou sabermos da decisão de nossos irmãos carmelitanos, tanto da Ordem Calçada quanto da Descalça, de suportar todas as dores em honra da Bem-aventurada Virgem Maria, de maneira mais solene quanto possível, por ocasião do 7º Centenário da Instituição do Escapulário de Nossa Senhora do Monte Carmelo. Logo, levados por nosso amor constante pela terna Mãe de Deus e cientes também de nossa própria participação desde a meninice, na Fraternidade deste Escapulário, com muito boa vontade, recomendamos zelosamente, um compromisso e estamos certos de que a partir daí, cairá uma abundância de bênçãos divinas. Pois, não estamos interessados aqui numa questão leve ou passageira, mas em obter a própria vida eterna, que é a substância da Promessa da Sempre Bem-aventurada Virgem que nos foi transmitida. Estamos interessados, a saber, no que é de suma importância para todos e com o seguro modo de alcançá-lo. Pois, o Escapulário Sagrado, que pode ser chamado de Hábito ou Manto de Maria, é um sinal e uma garantia da proteção da Mãe de Deus. Contudo, não por esta razão, aqueles que usam o Escapulário podem pensar que ganham a salvação eterna enquanto permanecerem indolentes e negligentes de espírito, pois o Apóstolo nos adverte: “Continuem trabalhando com temor e tremor, para a salvação de vocês” (Fl 2,12).
            Portanto, todos os carmelitas, quer vivam nos claustros das Ordens 1ª e 2ª ou sejam membros da Ordem 3ª Regular ou Secular, ou das Fraternidades, pertencem à mesma família de nossa Muito Bem-aventurada Mãe e são ligados a ela por um elo especial de amor. Que todos possam ver nesta lembrança da própria Virgem um espelho de humildade e de pureza. Que possam ler na simplicidade do Manto uma lição concisa de modéstia e de simplicidade. Acima de tudo, que possam contemplar neste mesmo Manto, que usam dia e noite, o símbolo eloqüentemente expressivo de suas orações pela assistência divina. Finalmente, que isto possa ser para eles um Sinal de sua Consagração ao Sacratíssimo Coração da Virgem Imaculada, cuja (consagração) em tempos recentes exortamos fortemente.
            Certamente, esta Mãe gentil não tardará a abrir, o mais cedo possível, por sua intercessão a Deus, os portões do Céu para seus filhos que estão expiando suas faltas no Purgatório – uma verdade baseada naquela Promessa conhecida como o Privilégio Sabatino. Agora, portanto, como garantia da proteção e da ajuda divina e como uma certeza de nosso próprio apreço especial, conferimos mais amorosamente a ti, Filhos Amados, e à Toda Ordem Carmelitana, a Bênção Apostólica.
            É importante realçar o significado preciso desta famosa carta.   O papa supõe a historicidade da visão do Escapulário e a concomitante promessa. Ele faz alusão ao Privilégio Sabatino, mas não que possa tirar dele qualquer coisa que esteja fora da tradição comum católica sobre a intercessão de Maria pelos mortos. Mais especificamente, ele ignora claramente qualquer ligação entre esta intercessão e uma dispensa do purgatório no sábado. Ele é cuidadoso ao advertir contra qualquer uso mágico do Escapulário, apesar de ser vigoroso ao afirmar que ele é “um sinal e uma garantia da proteção da Mãe de Deus”. Finalmente, ele une a devoção do Escapulário à noção da consagração ao Sagrado Coração da Virgem Imaculada. Independente da historicidade da visão do Escapulário, o ensinamento de Pio XII retém sua validade.

O significado do Símbolo
Os carmelitas hoje não deveriam ter dúvidas sobre o valor do Escapulário e deveriam ser diligentes em defendê-lo. Existe uma falta de coragem entre os carmelitas na propagação do Escapulário. Aqueles que acham que a evidência da historicidade da visão do Escapulário não é convincente, precisam encontrar outros fundamentos para esta devoção. Seu valor contínuo foi afirmado, nestes anos recentes, em duas alocuções de João Paulo II onde ele fala dos múltiplos frutos espirituais surgidos da devoção ao Escapulário.   Mas, ao mesmo tempo, devemos estar conscientes do pluralismo da Ordem em cinco continentes. O modo como a devoção do Escapulário é proposta em um lugar, ou tempo, pode não se ajustar a outro.
Contudo, podemos propor cinco princípios teológicos espirituais e pastorais que são bases apropriadas para qualquer pregação do Escapulário. É claro que outros vão fazer outras propostas. O futuro desenvolvimento do Escapulário na Ordem não pode ser previsto, mas pode ser encorajado, dando-se ao Escapulário uma base sólida.
Em primeiro lugar, o Escapulário pertence às categorias de sinal e de símbolo. Ele aponta para algo além de pedaços de pano (ou medalha), para outras realidades. O primeiro simbolismo é o da roupa. O Escapulário representa o hábito carmelitano que é usado num instituto que é profundamente mariano. Nesta Ordem, Maria é vista como Padroeira, Mãe, Irmã e Virgem do Coração Puríssimo. A aceitação do Escapulário é, de certo modo, uma adoção destes valores e destes atributos marianos.
Em segundo lugar, ele é um sacramental da Igreja. O novo Catecismo da Igreja Católica descreve sacramentais da seguinte forma: “São sinais sagrados que denotam uma semelhança com os sacramentos. Eles geram efeitos de uma natureza espiritual, que são obtidos pela intercessão da Igreja”.   O que é novo nesta definição de sacramental quando comparado à teologia mais antiga exposta no Código Canônico   de 1917, é que um sacramental é mais do que um objeto. Como já vimos, ele é um sinal. Assim, ele é eclesial e não pertence unicamente à Ordem Carmelitana. Mas implica que, em nosso caso, é necessário mais do que o mero uso do Escapulário. Se seus efeitos devem ser obtidos através da intercessão da Igreja então, além de usá-lo, deveríamos nos abrir à oração da Igreja, especialmente através da oração particular e da reflexão pessoal. Seu uso deveria ser um convite à oração. Além disso, existe a obrigação pastoral de explicar seu significado como um sinal.
Em terceiro lugar, o Escapulário está associado à Ordem Carmelitana, assim como outros sacramentais são promovidos por outros institutos religiosos como, por exemplo, a Medalha Milagrosa. Aqueles que o usam deveriam ser instruídos na tradição carmelitana da Virgem Maria. A tradição mariana carmelitana, apesar de rica e notável, não é a única na Igreja. Mas ela ocupa seu lugar correto junto às outras. No entanto, algumas pessoas podem não se sentir atraídas por ele. As formas de espiritualidade e de devoção na Igreja são livres e, basicamente, trata-se de como a pessoa é guiada pelo Espírito.
Em quarto lugar, o Escapulário, como afirma Pio XII, é um sinal de consagração. Existe uma grande quantidade de sérios escritos teológicos sobre o significado da consagração, especialmente da consagração à Maria.   A consagração à Maria está firmemente estabelecida na tradição católica. Muitos santos e papas a defenderam. Numerosos institutos religiosos apresentam a consagração à Maria como o coração de sua espiritualidade. Mas em anos recentes houve um sentimento entre alguns teólogos importantes de que a idéia requer uma abordagem teológica maior do que ela freqüentemente recebe. A questão central é que, estritamente falando, existe apenas consagração a Deus e por Deus. Já que a consagração é nossa divinização pela graça, é apenas Deus que é o princípio e o fim da consagração. Neste sentido rigoroso, a consagração não é algo que fazemos, mas é um ato divino em nós. Se nos consagrarmos à Maria, estamos, de fato, apenas ratificando o que Deus já fez por nós através do santo batismo. Uma vez que isso seja compreendido, então não existe realmente um problema numa consagração à Maria. Essa consagração expressa um encontro pessoal íntimo com ela, que implica em confiar, pertencer, autodoar-se, assim como disponibilidade, acessibilidade e colaboração afetiva no serviço da missão de seu Filho.
         O papa João Paulo II se vale da rica tradição para usar outras expressões que indicam pertença e disponibilidade: confiança, consagração, dedicação, recomendação, serviço, colocar-se nas mãos de Maria, etc.
Pode ser que quando falamos sobre o Escapulário num certo lugar, a palavra “consagração” deva ser evitada e uma das alternativas deva ser escolhida. Mas escrúpulos teológicos sobre a palavra “consagração” podem ser respondidos eficazmente com os textos de Miguel de Santo Agostinho e de Maria Petyt citados anteriormente neste capítulo. Existe uma identidade entre o reino de Maria e o reino de Jesus.
      Seja o que for sobre a linguagem que usamos, o Escapulário deve ser apresentado como um modo de relacionamento com Maria, de submissão à sua vontade, que é o plano salvífico de Deus. Isso também implica que, por sua vez, ela nos favorecerá com sua intercessão.
Em quinto lugar, deveríamos estar conscientes do papel do Escapulário na evangelização e na religiosidade popular. A religiosidade popular é uma realidade complexa, variando nas diferentes culturas e nos diversos períodos da história.   Ela é considerada positiva, resguardada pela aprovação de Paulo VI em sua exortação apostólica sobre a evangelização, Evangelii nuntiandi,  e fortemente recomendada pela Conferência do CELAM em Puebla (1979)   e por outros encontros Latino-americanos. Mas, mesmo quando não está totalmente purificada dos acréscimos indesejáveis, ou quando expressa parcialmente o mistério cristão, a religiosidade popular é sempre uma janela aberta para o transcendente. Ela invariavelmente proclama nossa insuficiência e a necessidade constante da ajuda divina. Aqueles que usam o Escapulário estão reconhecendo que não são auto-suficientes e que precisam da ajuda divina que, neste caso, buscam através da intercessão de Maria.

Revitalizando o símbolo
Finalmente, precisamos revitalizar nossa compreensão do simbolismo do Escapulário. Num estudo de 1995, preparado por uma comissão internacional da Ordem, nossa atenção voltou-se para o trabalho sobre o simbolismo, realizado por E. Voegelin.   Ele aponta para quatro estágios na vida de um símbolo. Existe uma experiência de vida que dá origem ao símbolo. Para nós, isto significa o sentido da proteção de Maria aos carmelitas. Em segundo lugar, existe uma fase de dogma ou de reflexão sobre o símbolo. A Ordem Carmelitana sempre viu o Escapulário nos termos da sua compreensão de Maria como Padroeira, aquela que zelou por seus Irmãos que, por sua vez, colocaram-se a seu serviço. Neste período reflexivo, o zelo de Maria foi compreendido como uma ação para além da morte, vista especialmente como sua solicitude para nossa salvação e para nossa rápida libertação do Purgatório.
Um terceiro estágio ocorre sempre que o contato com a experiência original se perde. Neste ponto, existe o ceticismo no qual o símbolo é ignorado, ou num fideísmo quando a pessoa confia no Escapulário sem considerar seu significado. Este último estágio pode estar bem próximo do pensamento mágico. Quando este estágio acontece, e em alguns lugares ele já pode ser visto no caso do Escapulário, se faz necessário, então, uma reconstrução reflexiva do símbolo. Teríamos que situar o Escapulário dentro de toda a espiritualidade carmelitana e, especialmente, em relação aos temas centrais que precisariam ser repensados, representados e inculturados em cada lugar. Sem esta reflexão sobre o símbolo dentro da experiência carmelitana do zelo de Maria, não será a mera exortação em si que irá revitalizar o Escapulário.
Uma contribuição valiosa para a revitalização do Escapulário foi o novo rito para a imposição do Escapulário e o texto “A Natureza e o Valor Espiritual da Devoção do Escapulário Carmelitano” emitido pelo Conselho Geral da Ordem Carmelita e pelo Definitório Geral dos Descalços mais ou menos no mesmo tempo.
O novo rito de bênção e de imposição tem os seguintes pontos e orientações:
-Por causa da Encarnação, simples objetos materiais podem ser apresentados como instrumentos da misericórdia de Deus e como sinais de nosso compromisso.
-O Escapulário é um sinal do zelo maternal de Maria.
-Ele também é um sinal do amor recíproco que deveríamos ter por Maria.
-É um sinal de comunhão com a Ordem do Carmelo e de um desejo em participar em seu espírito e vida.
-É um sinal da pureza da Virgem Maria e de nossa consagração a serviço da Virgem.
-É uma renovação de nosso compromisso batismal de “revestir-se do Senhor Jesus Cristo” (Rm 13,14).
-Sendo uma vestimenta, ele pode ser ilustrado por temas bíblicos relacionados a roupas e trajes.
-Seu uso é um chamado para imitar e servir a Virgem e a viver por Cristo e sua Igreja no espírito contemplativo e apostólico do Carmelo.
Este rico entrelaçamento de temas, mostra que o Escapulário é um símbolo aberto de significados e de compromisso bem extraordinários. Subjacente a quase todos eles estão os dois temas do Padroado: Maria nos atinge e respondemos a seu Filho através do serviço e da imitação dela. O Escapulário é um símbolo claramente relacional. Na verdade ele tem pouco significado, tratando-se mais de um relacionamento.
O texto das autoridades da Ordem desenvolve estes pontos, especialmente lembrando a afiliação à Ordem, um elo com a Família do Carmelo. Ele resume as principais inspirações da espiritualidade carmelitana e mostra o Escapulário como um símbolo vivo, um compromisso com estes valores e com a evangelização. O parágrafo final diz:
O Escapulário é um sinal do amor de Maria, ícone da bondade e da misericórdia da Sagrada Trindade. Este amor é o fruto da graça de Deus derramado nos corações dos fiéis que, por sua vez, se comprometem com ele.
Além disso, numa época em que o simbolismo religioso está perdendo seu lugar, enquanto o simbolismo secular está constantemente crescendo, é importante que a Igreja faça uso de símbolos que, de certo modo, revelam aspectos da verdade divina. A recente beatificação de Isidore Bakanja (1994) mostrou que para este zairense, o uso do Escapulário era um modo de testemunhar sua fé, um testemunho que o levou ao martírio em 1909.
Assim, fica claro que o Escapulário, longe de ser uma devoção externa pertencente a uma época antiga, poderia ser um símbolo vibrante. Um símbolo que, acima de tudo, realça o elemento chave do relacionamento na espiritualidade mariana carmelitana.

Conclusão: Amor mútuo de Maria e dos Carmelitas
Este longo capítulo demonstrou que temos uma genuína espiritualidade mariana na Ordem. Uma espiritualidade que é claramente percebida em nossos escritores espirituais. Nela é central a noção do relacionamento com Maria.

Temos o Escapulário como um sacramental onde é essencial o tema do relacionamento com Maria. Mas existem outras fontes importantes que estão disponíveis em nossa província para desenvolver e revitalizar este relacionamento. As províncias espanholas foram bem atendidas pela recuperação de escritos espirituais, sermões e poesia através do trabalho recente de P. Garrido.   Outras fontes para nossa herança mariana carmelitana são a vida de nossos santuários marianos, a música, a arte e a arquitetura, assim como o folclore. Evidentemente, uma fonte privilegiada é a liturgia.