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A Palavra do Frei Petrônio

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quarta-feira, 25 de novembro de 2015

ALACAR-2015: Experiencia mística y espiritual de Teresa de Jesús

“Divino y humano junto” (6M 7,9)

Introducción

En enero de 2003, el P. Jesús Castellano, especialista en el campo de la espiritualidad cristiana y profesor del Teresianum de Roma, puntualizaba algunas cosas sobre el sentido de la mística y de los místicos. Lo hizo en una entrevista concedida a la agencia de noticias Zenit. Encuentro en sus respuestas un primer acercamiento vital al sentido de la mística y de los místicos cristianos y de su experiencia.
Entre otras cosas afirmó, y con razón, de que hay más místicos auténticos de los que se piensa; que los místicos tienen una experiencia cristiana y eclesial muy cercana a los problemas de la vida de la Iglesia, con capacidad de abrir nuevos cauces a la evangelización; que los místicos auténticos son personas llenas de realismo, equilibrio, humanidad, capacidad de acción y de relación, de creatividad. Finalmente, que la mística verdadera está muy lejos de ser una evasión de la realidad porque, si es auténtica, lanza a las personas por los caminos de la historia.
Subrayaba también el hecho de que no todos los místicos tienen la misma función. “En algunos prevalece la gracia del conocimiento de Dios y de sus misterios para confirmar en la fe. En otros prima la gracia de la renovación personal y comunitaria; en otros hay también una gracia de profecía y una misión eclesial política. Pienso en Catalina de Siena, en Brígida e incluso en Edith Stein, que escribió a Pío XI en defensa de su pueblo. Por eso las tres son místicas de su tiempo... Hay místicos que tienen esta función profética en la Iglesia y en el mundo: afirmar con fuerza los derechos de Dios y su santa voluntad contra los abusos de los poderosos”.1
Estas aclaraciones, hechas por un entendido en la materia, me parecen muy oportunas para no confundir la experiencia mística cristiana con revelaciones y mensajes que hoy están a la orden del día, y se difunden de muchas maneras. Karl Rahner, hablando en general del creyente del futuro, afirmaba que sería un “místico”, es decir, alguien que ha “experimentado” algo, o no sería más un creyente. Con esta afirmación, quería señalar que en el futuro, de hecho ya en el presente, la fe no se puede apoyar en un ambiente de cristiandad que crea una atmósfera favorable a las convicciones religiosas2. El creyente es alguien que, a través del microscopio de su fe, descubre a Dios presente en todas las circunstancias y lo contempla en las personas. Ese es en el fondo el sentido de la necesidad que tiene un creyente de ser místico. Está llamado a ser testigo de esa realidad de un Dios viviente y cercano.

Experiencia humana lugar del experiencia de Dios
“Divino y humano junto”[1] es la expresión teresiana que puede resumir su experiencia personal y su experiencia de Dios, es decir su modo de conocer y experimentar a Dios. Aunque pueda sonar a tópico manido, decir que Teresa de Jesús es “maestra de oración” es reconocer que “es maestra de humanidad”, “maestra de vida”, porque precisamente su experiencia de Dios se inscribe en la entraña de su trayectoria vital y de su experiencia humana.
Cabe aquí traer lo que el P. Saverio C. expresaba en una conferencia, en el mes de agosto pasado, hablando de “La contribución de Sta Teresa a la vida contemplativa”:
“La originalidad de Teresa se manifiesta … en el hecho de introducir estas nociones (de oración y contemplación) en el contexto, mejor, “en la carne” de una existencia personal, de una comunidad religiosa y de una situación histórico-eclesial concreta. Eso lleva inevitablemente a Teresa a desplazar el centro de su discurso (de la oración o contemplación) a la persona en sus dimensiones constitutivas: a las relaciones que ella vive en la historia en la que participa.”[2]

Abordar la experiencia espiritual y mística de Teresa es entrar en una de las coordenadas más importantes de su existencia, ya que ha sido el ámbito donde su búsqueda y su camino existencial se han polarizado, donde se ha dado la experiencia fundante de su vida: el encuentro con Dios. El descubrimiento de su llamado, su autocomprensión, es decir desde dónde vive y relee la propia trayectoria vital, el prisma a través del cual mira y valora las cosas, los acontecimientos y las personas, están estrechamente vinculados a los elementos que configuran su propio mundo religioso.
Teresa, al igual que su época, no puede comprenderse sin su referencia vital a la trascendencia, a Dios. Vive inserta en su tiempo y participa de sus búsquedas y problemáticas. En ella, la vivencia espiritual no se dará al margen de su realidad humana (social, familiar y personal), sino como camino transitado entre los claroscuros de su humanidad, ámbito, éste, desde el cual vive el encuentro y la relación con Dios.
Pasar del “mundo religioso” a la “experiencia creyente”, ha sido fruto de su historia personal, asumida y madurada en sus aciertos y desvíos, hasta descubrirse buscada y amada por Dios. Su vulnerabilidad le ha hecho poder sintonizar con la experiencia de hombres y mujeres que han vivido la búsqueda de Dios desde su condición de “pecadores perdonados”[3]. Su fragilidad humana vivida muchas veces como infidelidad a Dios, o simplemente como límite, se vuelve telón de fondo en el que se proyecta su experiencia de Dios.
El realismo de la experiencia espiritual de Teresa de Jesús se aquilata al prestar atención a lo que ha implicado poder avanzar, luchar y asumir las experiencias de fracaso, hasta alcanzar una madurez que permita integrar todos los aspectos de la historia personal, enriquecidos con la perspectiva que aportan la mirada y la experiencia de la fe.
La trayectoria vital de Teresa de Jesús, vivida con intensidad, le ha hecho experimentar a fondo su condición humana, inserta en las coordenadas históricas de su época y en los elementos propios que constituyeron su existencia humana. Todo ello ha implicado un proceso y un camino de maduración, un asumir los condicionamientos específicos y reales de lo humano, pero no hipotecándose a ellos, sino yendo más allá. Teresa ha vivido la hondura de lo humano, y allí ha hecho la experiencia de Dios.
Esta experiencia personal, única e intransferible, le ha llevado a vivir y descubrir unas claves desde las que ha logrado realizar su camino y responder al proyecto de Dios. Ella misma las convertirá luego en propuesta para sus hijas y para todo aquél que quiera “Ser siervo del Amor”, siguiendo a Jesús por el camino de la oración.

Experiencia de Dios que transfigura lo humano
La experiencia mística-espiritual de Teresa puede interpretarse teniendo en cuenta el elemento humano, en su dimensión inmanente y trascendente. Ni Teresa, ni la persona humana se entienden sólo desde sí mismas sino que deben remitirse al plano trascendente, a la verdad del hombre revelada por Dios.
Su vivencia espiritual y la experiencia de Dios han fecundado su dinamismo humano generando un proceso de humanización. Teresa lo refiere en sus escritos. Esto le ha permitido descubrir y encarnar una espiritualidad humanizadora, a través de unas claves o pautas de actuación que asumen la realidad, orientándola y potenciándola. Estas claves son:
a. La determinada determinación resume y expresa la decisión firme de comprometerse en el camino de la consagración a Dios, que Teresa ha vivido como liberación de la propia existencia, y como modo de compromiso eclesial y social. Implica asumir la dimensión crucificante de la vida, resistiendo los embates del ambiente, venciendo los temores que paralizan desde el interior de la persona, y de la propia realidad corporal, asumiéndola y subordinándola al servicio del Reino. Es, en definitiva, vivir con radicalidad la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios como opción fundamental.
b. El empeño por orientar toda la existencia en torno a la persona de Cristo, y el encuentro transformante con Él, constituye la clave teológica y teologal más importante en el itinerario teresiano. En torno a esta realidad se ha producido la mayor liberación y maduración de Teresa, dando a su afectividad una dimensión mística, a la vez que generando una experiencia mística con profundas resonancias humanas y afectivas. El seguimiento de Cristo ha significado la inserción en su misterio pascual, y la configuración de la propia vida con la de Él. Cristo se constituye en referente absoluto del obrar humano, polarizando todas las energías vitales y afectivas, a la vez que unificando el corazón, orientando y dando sentido a la vida de Teresa.  Hacer propios sus intereses, su causa. Servir al huésped[4].
c. Como consecuencia y exigencia del encuentro con Cristo y para configurar la propia existencia con la suya, -en una sinergia entre naturaleza y gracia-, aparece la necesidad del dinamismo virtuoso, es decir, actitudes que favorezcan y expresen la condición de “nueva creatura”. Teresa hablará, desde su propia experiencia, de tres ámbitos en los que se manifiesta este dinamismo y sus actitudes:
La capacidad de desear y de tener “grandes deseos”. El dinamismo teologal obra en ella transformando y purificando dicha capacidad desde la conciencia de “ser agraciados”[5], incorporando la experiencia de la propia pobreza. Dios no se define desde los deseos humanos, sino que es Él quien los redimensiona. El deseo, purificado y madurado, se convierte en expresión de la dinámica teologal.
Otra actitud, es la del conocimiento propio y la asunción de la propia verdad, desde el conocimiento de Dios. En Teresa se ha manifestado como búsqueda de autenticidad existencial. Este conocimiento propio es propuesto por ella con insistencia, y se realiza en el ámbito de la oración. Implica un movimiento de introspección y de auto-trascendencia, pasar del “Búscame en Ti”, al “Búscate en Mí”. En Dios se descubre la verdad y la identidad más profunda del hombre, desde su condición de imagen de Dios, caído y redimido.
Tercer ámbito y actitud, el amor y su maduración humana y teologal. El encuentro personal y transformante con “Cristo humanado” ha colmado y plenificado los deseos más profundos. Amor liberado de la posesión, resuelto en la entrega de lo más profundo del ser personal (oblativo) y abierto para acoger a todos (universal) y crear comunidad. La experiencia teologal lo purifica y lo lleva más allá del nivel humano, conservando sus características personales.

Mística fecunda
La madurez a la que ha llegado Teresa en su proceso, se manifiesta principalmente en una actitud de profunda libertad interior frente a sí misma y a los demás; “señorío” fruto de la entrega total de sí a Dios, vivida en el seguimiento de Cristo, con determinada determinación[6]. A ello se añade la obra de las virtudes humanas y teologales, que han transformado la capacidad de desear, el conocimiento de sí y la capacidad de amar y responder a los desafíos de la historia.
12. Todo este dinamismo desemboca en una existencia fecunda, propia de quien realiza su libertad dándose y sirviendo a ejemplo de Cristo, con quien se ha identificado. En este estado, el conocimiento de la propia pobreza se ha ahondado, a la vez que se vive desde una serena confianza en Dios. Aquí, la unión con Él es la que genera un movimiento constante de servicio y la que da verdadera eficacia, fecundidad y valor a las obras.
13. “Llegada un alma aquí, no es sólo deseos los que tiene por Dios; Su Majestad la da fuerzas para ponerlos por obra. No se le pone cosa delante, en que piense le sirve, a que no se abalance; … ve claro que no es todo nada, sino contentar a Dios”.[7]
“…el alma adonde está el Señor tan particularmente… toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras.”[8]
La libertad vivida y propuesta por Teresa es expresión de una madurez que atañe, integra y se proyecta en todos los ámbitos de la existencia:
Frente a la dimensión corporal y la experiencia de fragilidad, la libertad se traduce en superación del miedo a sufrir y “señorío” frente a las demandas del propio cuerpo.
En la dimensión afectiva, la opción por Dios y el encuentro configurador con Cristo han invadido hasta lo más profundo del corazón, centrando y liberando su capacidad de amar, sin ataduras, con amor entrañable y resuelta en entrega y servicio.
La fuente desde la cual Teresa se percibe y se valora es Dios. En Él descubre su verdadera dignidad y su miseria[9], y también el verdadero valor de las cosas. Desde Él también se justifica toda renuncia y la “mortificación del propio yo” para orientar y encauzar sus deseos y sus energías hacia el que es su “único bien”.
La libertad, en su dimensión social e histórica se ha plasmado como “señorío” frente a las cosas y a los criterios de valoración social, ante los cuales tiene una mirada crítica, pero no amarga, sino constructiva, porque se siente interpelada y comprometida con la historia, desde Dios.
La experiencia espiritual y mística ha transfigurado la dimensión religiosa. El dinamismo teologal ha madurado y ha potenciado todos los ámbitos de la vida de Teresa, unificando y dando sentido a su existencia y haciéndola fecunda para los demás.
Estos son algunas claves, desde un acercamiento a la experiencia espiritual de Teresa de Jesús, en su dinamismo y su proceso de maduración, considerado desde la interacción entre naturaleza y gracia.

Espiritualidad humanizadora
En la experiencia personal de Teresa, la realidad personal con toda su carga de límite y posibilidad, ha dado pie para rescatar el valor de lo humano como lugar donde se da la experiencia de Dios y el encuentro con Él. También la importancia de la experiencia de límite (y hasta de pecado), asumidos, como realidades que pueden abrir a una experiencia de Dios, realista y esperanzadora.
El sustrato humano de Teresa, desde sus condicionamientos personales y epocales, es escenario donde realiza su proyecto personal puesto al servicio del Reino.
Importa destacar que la madurez y plenitud humana y espiritual alcanzada por Teresa radican no tanto en los hechos extraordinarios de la vivencia mística (tampoco pasa por alcanzar una “perfección” equivalente a una ausencia de límites y defectos), sino en llevar a plenitud la gracia bautismal. Ésta, por su parte, vivida en el encuentro personal y transformante con Cristo-Hombre, desde el que relee y asume la propia humanidad y su historia, y sobre todo, en la unión amorosa con la voluntad de Dios, como disponibilidad total a su proyecto y a su querer, expresados en su propia condición y realidad personal. Se trata, por tanto, de elementos antropológico-teológicos universales y válidos para todo creyente.
La experiencia humana concreta de Teresa, desde los elementos que la configuran, constituye un dato general y, aunque en cada individuo asume matices propios, en el fondo es igual para todos en sus coordenadas esenciales. Así, en el caso de Teresa, su propio itinerario existencial es susceptible de una relectura de proyección universal.

La profecía de su mística
Cabe aquí una pregunta: el proceso de Teresa y su experiencia de Dios ¿qué claves aportan para una espiritualidad, hoy? Cuál es la profecía de su mística?
a. En primer lugar se podría afirmar, desde la experiencia de Teresa, que la oración constituye no tanto “una práctica devocional”, cuanto “un modo de ser creyente”.
Vivir la amistad con Dios determina un modo de vivir y encarar la vida. Desde esta clave hay que interpretar toda su experiencia y su magisterio espiritual. La oración es expresión profunda de la dimensión religiosa del hombre, que lo implica en su totalidad generando un proceso dinámico y totalizador de maduración y transformación profundas, como señala C. García: “Le descubre su dignidad y su propia interioridad; le abre a la trascendencia; crea en él una realidad nueva y un nuevo dinamismo; es fuente de libertad y de unificación interior; encuentra en la comunión con Dios la plena realización personal y es origen de una nueva presencia al mundo y de una mayor proyección en la historia”.[10]

Se trata, por tanto, de una experiencia antropológica (por ser “relación personal”) y teologal (tratar con Dios). A la luz de lo expresado, podemos decir que en Teresa, su experiencia y su pedagogía oracional resultan un camino de reconstrucción de la persona desde las raíces más profundas de su ser.
Teresa ha aprendido a conocer la condición humana “padeciéndola”, asumiéndola y trascendiéndola. Por esto, para ella, nada de lo humano es ajeno a la relación con Dios, a la vida de oración: “nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra -y tan en la tierra como yo estaba- es desatino”.[11] Esta perspectiva repercute en la relación con Dios, y en el modo de percibir la relación con Jesús, a quien experimenta particularmente cercano y amigo: “en tiempo de sequedades, es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y trabajos, y es compañía”.[12]
La oración ha significado el ámbito donde conocerse y desde el cual ha tenido que asumir sus realidades más conflictivas: allí ha librado sus luchas interiores más intensas y dolorosas: “Por estar arrimada a esta fuerte columna de la oración, pasé este mar tempestuoso casi veinte años…”.[13] Pero el permanecer en ella ha significado la posibilidad de ser sanada y transformada más allá de la impotencia de sus propósitos y empeños de voluntad: “¡Sea Dios bendito por siempre! Que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo…”.[14] 
El camino de la oración, por tanto, evidencia hasta qué punto, naturaleza y gracia, interactúan curando, levantando, transformando y transfigurando a la persona. Para Teresa, la oración constituye el camino para una profunda reconstrucción humana y espiritual: “De lo que yo tengo experiencia puedo decir [...] es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso”.[15]  También es camino de maduración en la fe para experimentar a Dios siempre de un modo nuevo[16]. De este modo la actitud meramente religiosa, con su carga de proyección personal sobre la imagen de Dios, se torna actitud teologal que experimenta y acoge al Dios que se manifiesta, adquiriendo una visión y una actitud nuevas sobre Dios, los demás, y sobre sí misma[17].
La espiritualidad vivida y propuesta por Teresa, constituye su modo de compromiso histórico con la Iglesia y la sociedad, concretado en su obra fundacional y su proyecto espiritual puesto en manos de mujeres,[18] pero abierto a todos.
Teresa “a pesar” de su condición de mujer y monja (por lo que ello implicaba en su contexto histórico), ha logrado abrir una brecha en el muro levantado para la mujer de su tiempo, y trazar un camino de valoración, dignidad y compromiso, que teniendo su raíz en Dios, se proyecta en la historia. Aunque ella no lo formula explícitamente, puede decirse que ha llegado a descubrir la fuerza profética y transformadora de “los pobres” (encarnados en la situación de la mujer), y a apostar por el valor de la persona por encima de su condición social (“la honra”), raza o sexo, generando un nuevo tipo de relaciones (igualdad y fraternidad), desde las que se construye la Iglesia (al estilo de Jesús de Nazaret) y también la sociedad.[19]
El estilo profético teresiano no es de contestación violenta ni agresiva; pero a la hora de defender las posibilidades de la mujer (ella y sus monjas) no escatima esfuerzos ni argumentos, que propondrá con ingenio, cuando no se los diga Dios en la oración.
Por tanto, la garantía de la obra del Espíritu se manifiesta en ella, en su mirada lúcida y crítica hacia la realidad social y eclesial, resistiendo a quienes le son contrarios, aportando con el propio testimonio aquello que hace falta, pero siempre tendiendo puentes de comunión, en una obediencia creativa, dialogando y cuestionando –si es necesario- aún a la misma autoridad. Sin violencia ni amargura, acatando cuando la realidad se impone, y sabiendo esperar el tiempo oportuno.

Su propuesta comunitaria “de base” es el modo de “ser” Iglesia y de aportar a la sociedad un modelo de vida ética y evangélica, sobre el reconocimiento de la igual dignidad de todos, por encima de la condición social o del sexo.
La espiritualidad vivida y propuesta por Teresa de Jesús implica un camino espiritual de experiencia de Dios, que se traduce en un modo nuevo de mirar y valorar las personas y los acontecimientos, de transformación personal, y de presencia y compromiso con los signos de la historia, que en absoluto pueden ser ajenos al auténtico orante.
b. La propuesta teresiana implica un camino de introspección e interioridad que profundiza el propio conocimiento y la búsqueda de la identidad personal más profunda, abierta a la trascendencia y al otro. Para Teresa es vital aprender a conocerse, pero este conocimiento se profundiza y eleva en la búsqueda y encuentro con Dios. La persona de Jesús da la clave de lo verdaderamente humano, a la luz de su realidad original.
La espiritualidad teresiana, como sabemos, parte de la concepción del hombre en su dignidad original de imagen y semejanza de Dios, y del hecho de estar “habitados” por Él. Para Teresa toda persona tiene unas séptimas Moradas en su interior, en las que habita el mismo Dios, en las que se halla la fuente de su dignidad y felicidad. Por esto la plenitud del hombre se encuentra en la posibilidad de llegar hasta el “hondón del alma”, y alcanzar la unión transformante con Dios. Desde esta óptica, puede considerarse el itinerario de Las Moradas como un camino de sanación y reconstrucción (“purificación”) del hombre hasta llegar a contemplarse “tal cual es” en Dios, participando de su misma vida, caracterizada por una plenitud de libertad y de amor, vividas como entrega, servicio e irradiación de una existencia transformada.
La plenitud para Teresa consiste en una existencia cristificada, es decir, la configuración con Cristo: ésta es la mayor gracia que puede hacer Dios al hombre, “darnos vida que sea imitando a la que vivió su Hijo tan amado”.[20]
Esta es la verdad más profunda del hombre, su dignidad y valor original,[21] y desde aquí es vista la condición de la existencia con su realidad de pecado y miseria, que han de ser asumidas en toda su crudeza,[22] para poder ser redimidas y transformadas por la gracia.
Aquí, el realismo de la espiritualidad teresiana radica en la visión de conjunto del hombre desde estas realidades. Sabe que el corazón anhela una plenitud de libertad y amor, pero a la vez experimenta, muchas veces, la existencia como una pesada carga que impide alcanzar la realización de sus anhelos.
La experiencia del mal y del pecado, Teresa los constata en la “desfiguración” y postración que el hombre siente cuando “no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere”.[23] Frente a los límites y obstáculos concretos que provienen del contexto, o del propio interior del individuo, y que desfiguran la verdad personal, Teresa la descubre en Dios.[24]
c. 39. La fragilidad y la propia vulnerabilidad -experiencia universal de la condición humana-, Teresa las ha experimentado con intensidad particular, y han sido el “lugar” desde el cual ha vivido el encuentro con Dios.
La experiencia espiritual Teresiana se da en su lucha cotidiana por superar las dificultades, su propio itinerario interior, vivido muchas veces desde la impotencia y el fracaso, y su conciencia permanente de fragilidad y vulnerabilidad. Su fuerza interior, su empeño decidido y su capacidad de lucha han tenido que ser acrisolados y reducidos a la máxima impotencia y pobreza para poder ser convertida y transformada por la gracia.
Teresa ha tenido que descender hasta lo más profundo de sus propios infiernos, y allí ha tenido la experiencia de ser buscada, rescatada y redimida. Un cuerpo marcado por la fragilidad y la enfermedad, una afectividad descentrada e insatisfecha, un contexto social condicionante y marginador, una Iglesia dividida y en crisis, y una experiencia de vida religiosa decadente, son elementos de la realidad humana por asumir y desde la cual caminar.
Sólo cuando asume su realidad y la experiencia profunda de su impotencia, es cuando llega a estar en condiciones de abrirse a la obra de la gracia: “Buscaba remedio; hacía diligencias, mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza en nosotros, no la ponemos en Dios”.[25] Su propia pobreza se ha transformado en la posibilidad para descubrir un camino de espiritualidad que se realiza “desde abajo”, es decir, desde la pobreza, la fragilidad, las carencias y los límites. La experiencia humana y espiritual de Teresa le ha hecho constatar la paradoja paulina: en la fragilidad resplandece mejor la gracia, liberando de solapadas autoafirmaciones y afianzando en la verdadera humildad, como llegará a decir: “es su voluntad mostrar su grandeza algunas veces en la tierra que es más ruin”.[26]
d. Entre las realidades humanas vividas (padecidas y gozadas) por Teresa, está la amistad, que ocupó un puesto de gran significación en su experiencia humana y que será clave de su espiritualidad. Posee una gran sensibilidad hacia la amistad, tanto en el plano humano, como en el espiritual.
Puede decirse que Teresa ha hecho de su tendencia natural (y hasta de su necesidad de relación) camino y modo del encuentro con Dios. En el ámbito de la afectividad, sabemos que el mundo de las relaciones ha significado un riesgo y una posibilidad. Ha hecho falta aprender a armonizar las demandas del mundo interior con las exigencias humanizadoras de la fe.
“Gran mal es un alma sola”,[27] es la conclusión de Teresa al mirar hacia atrás y releer su camino. Sabe que así como en el plano humano no nos realizamos si no es en comunión y apertura a los demás, del mismo modo –y aún más- en el plano espiritual, las amistades son necesarias, importantes, y de gran ayuda. “Es cosa importantísima” tener amigos con quienes compartir ideales y afectos, luchas y dificultades (“que de todo tienen los que tienen oración”),[28] para ayudarse unos a otros. Además “crece la caridad con ser comunicada, y hay mil bienes que no los osaría decir si no tuviese gran experiencia de lo mucho que va en esto”.[29] Hay que procurarlas al comenzar el camino, alimentarlas durante la marcha, y acogerse a ellas en los momentos de dificultad. Para Teresa, el camino de la fe, siendo siempre “personal”, es siempre “con otros”.
Característica de esta amistad humana y espiritual, es la “reciprocidad” y la “gratuidad” (amor desinteresado): amor del uno al otro, pero correspondido por éste.[30] Por su parte, el amor auténtico está abierto a hacer el bien a todos (no se cierra a unos pocos).
El “desinterés” (gratuidad) es esencial a este tipo de amor y de amistad, lo contrario la malogra y envilece, y genera relaciones manipuladoras e injustas. El Amor evangélico vivido y propuesto por Teresa es germen de un mundo nuevo: “con qué amistad se tratarían todos, si faltase interés de honra o de dineros. Tengo para mí se remediaría todo”.[31] Por tanto, este amor y amistad, a la vez que responde a una búsqueda humana y espiritual, es camino de maduración humana y teologal, y de transformación social.
La realidad de la amistad, Teresa la proyecta a la relación entre Dios y el hombre, con toda su carga de intimidad, comunión, compromiso, reciprocidad (en la línea de la tradición bíblica). La nueva relación entre Dios y el hombre, viene cualificada por la amistad: “Ya no los llamo siervos, a ustedes los llamo amigos” (Jn 15,15). Es el modo de relación que Teresa vive y experimenta con el Dios Amigo y Esposo, expresiones cargadas de intensidad afectiva, humana, teológica y teologal, desde las que ella ha experimentado cómo Dios colma el anhelo más profundo del corazón humano, la búsqueda del amor.
Finalmente, todo lo vivido y sufrido por Teresa en su experiencia espiritual (“humano y divino junto”), terminará proyectándose como una luz sobre su obra fundacional y doctrinal, y en la perspectiva propia, a la hora de configurar su intuición acerca de las comunidades reformadas: fraternidades de “amigas”.[32]

Como en el evangelio, el vínculo que une a la comunidad y que define a la persona con experiencia de Dios, es el de la caridad-amistad: “estas tales almas son siempre aficionadas a dar mucho más que no a recibir; aún con el mismo Criador les acaece esto”,[33] entrañable y sacrificado: “Es amor muy a su costa; no deja de poner todo lo que puede porque se aproveche [la otra persona] perdería mil vidas por un pequeño bien suyo”.[34] En fin, es amor “que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien”.[35]
Así, pues, estas son algunas claves que se desprenden de la experiencia espiritual y mística de Teresa de Jesús, a la luz de su itinerario existencial.
Teresa de Jesús constituye un testimonio y un referente “cercano” y “accesible” para nosotros hoy, tanto en lo humano como en lo espiritual. Su itinerario personal sigue ofreciéndose a toda persona que busca vivir, desde su verdad más profunda, el encuentro con Dios y su compromiso con el presente. El Dios trascendente, que se ha hecho hombre y se ha revelado en Jesucristo, haciendo de la condición humana “lugar de encuentro” entre lo humano y lo divino, y la ha “salvado”, abriéndola a una vida plena, la misma vida de Dios.
Termino con un texto de Teresa en su Conceptos del Amor de Dios, en que describe a la persona –ella misma-que ha llegado a la unión con Dios:
…pide hacer grandes obras en servicio de nuestro Señor y del prójimo, y por esto huelga de perder aquel deleite y contento; que aunque es vida más activa que contemplativa y parece perderá si le concede esta petición, cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo y que parece exterior, obra lo interior, y cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables… porque proceden de este árbol de amor de Dios y por sólo El, sin ningún interés propio, y extiéndese… para aprovechar a muchos, y …dura, no pasa presto, sino que hace gran operación.
 Estos servirán a Su Majestad y aprovechan mucho; … Que verdaderamente a las almas que el Señor llega aquí, según he entendido de algunas, creo no se acuerdan más de sí que si no fuesen para ver si perderán o ganarán; sólo miran al servir y contentar al Señor. Y porque saben el amor que tiene a sus criados, gustan de dejar su sabor y bien, por contentarle en servirlas y decirlas las verdades, para que se aprovechen sus almas, por el mejor término que pueden…, la ganancia de sus prójimos tienen presente, no más. Por contentar más a Dios, se olvidan a sí por ellos, y pierden las vidas en la demanda, como hicieron muchos mártires,... Estos tales aprovechan mucho. (CAD 7,3.5)

Muchas gracias.

Fr. Pablo D. Ureta ocd
Argentina
Conferencia para Encuentro de ALACAR, en San Salvador, Octubre 2015.



1 ZENIT Agencia de noticias, Roma 7 enero 2003.
2  Cf. K.RAHNER, Frömmigkeit früher und heute, en: Schriften zur Theologie, Band VII, Benziger Verlag, Einsiedeln-Zürich-Köln, 1966, p.22.
[1] 6M 7,9.
[2] Y continuaba diciendo:El hecho mismo de insistir al principio de Camino sobre el amor fraterno, el desasimiento interior del mundo y la verdadera humildad, como condiciones necesarias para emprender un auténtico camino de oración, hace que –en cierto modo- Teresa relativice los conceptos tradicionales de oración mental y de contemplación. De hecho, la oración mental, no debe absolutizarse como método de oración. Con respecto a la contemplación, es un “don” que Dios puede conceder también a quien no consigue practicar la oración mental y se limita a la oración vocal. Saverio Cannistra, La contribución de santa Teresa a la vida contemplativa.3 de agosto 2015, en el Congreso Interuniversitario “Santa Teresa de Jesús, maestra de la vida”.
[3] V 9,7
[4] CV 17,5.6
[5] V 10,4: “No cure de unas humildades que hay,…, que les parece humildad no entender que el Señor les va dando dones. Entendamos bien bien, como ello es, que nos los da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a Su Majestad; porque si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar. Y es cosa muy cierta que mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer somos pobres, más aprovechamiento nos viene y aun más verdadera humildad”.
[6] Cfr. 7M
[7] V 21,5.
[8] 7M 4,6.
[9] Cfr. 1M 2,11.
[10] C. GARCÍA, Antropología teresiano-sanjuanista y oración, “Burgense” 44 (2003) 129.
[11] V 22,10.
[12] V 22,10.
[13] V 8,2. También V 7,17: “pasaba una vida trabajosísima, porque en la oración entendía más mis faltas…”
[14] V 24,8.
[15] V 8,5.
[16] F 5,6: “¡Oh Señor, cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones!...”
[17] Estando una vez en oración, se me representó muy en breve, sin ver cosa formada, mas fue una representación con toda claridad, cómo se ven en Dios todas las cosas y cómo las tiene todas en sí; saber escribir esto yo no lo sé, mas quedó muy imprimido en mi alma, y es una de las grandes mercedes que el Señor me ha hecho» (V 40,9; 6M 10,2).
[18] Cfr. sobre todo las motivaciones expresadas en los capítulo 1 y 3 de CV, su reacción ante los acontecimientos externos, su decisión y su apuesta al papel que como mujeres y monjas pueden y tienen que aportar.
[19] Cfr V 20,27
[20] 7M 4,4.
[21] Cfr. 1M 1,1
[22] 6M 5,6: “se contenta nuestro Señor de que nos conozcamos y procuremos siempre mirar y remirar nuestra pobreza y miseria, y que no tenemos nada que no lo recibimos.
[23] 4M 1,12: “Conozcamos nuestra miseria, y deseemos ir adonde nadie nos menosprecia [...] porque todos los menosprecios y trabajos que puede haber en la vida no me parece que llegan a estas batallas interiores. [...] mas que queremos venir a descansar de mil trabajos que hay en el mundo y que quiera el Señor aparejarnos el descanso, y que en nosotras mismas esté el estorbo, no puede dejar de ser muy penoso y casi insufridero. Por eso, llevadnos, Señor, adonde no nos menosprecien estas miserias, que parecen algunas veces que están haciendo burla del alma. Aun en esta vida la libra el Señor de esto ….
[24] Cfr. 1M 2,11.
[25] V 8,12.
[26] V 21,9. En esta misma línea, invita a “aprovecharse de las faltas”, para que crecer en humildad y para que Dios saque bienes: “Por amor de Dios, hermanas, nos aprovechemos de estas faltas, para conocer nuestra miseria y ellas nos den mayor vista, como la dio el lodo del ciego que sanó nuestro Esposo; y así, viéndonos tan imperfectas, crezca más el su­plicarle saque bien de nuestras miserias, para en todo contentar a Su Majestad” (6M 4,11).
[27] V 7,20.
[28] Ibid.
[29] V 7,22.
[30] V 8,5: “porque, para ser verdadero el amor y que dure la amistad, hanse de encontrar las condiciones”.
[31] V 20,27
[32] CV 4,7: “En esta casa, que no son más de trece ni lo han de ser, aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar”.
[33] CV 6,7.
[34] CV 6,9.
[35] Ibid.

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